SANTUCHO ...TODAVIA

 

 

 

Mario Roberto Santucho: mi padre,

el revolucionario místico, es el título

del libro de Marcela Santucho, una

 de las hijas del revolucionario argentino

Caído un 19 de julio 1976 en el

departamento de Villa Martelli,

provincia de Buenos Aires.

 

Hoy su pensamiento revolucionario, forma parte de ese legado guevarista por América Latina. Mario Roberto  Santucho junto a Miguel Henríquez y el Che representan un pensamiento político revolucionario vigente, que las nuevas generaciones han hecho suya.

Marcela la hija de Santucho, en entrevista con motivo de su libro, nos entrega una visión de su padre y de su compromiso con su pueblo.

 

- ¿Qué te empujó a tomar la decisión de publicar el libro en este momento?

 

- Lo que me impulsó a publicar el libro fue una idea bastante vieja, de varios años. Yo siempre pensé que mi papá no estaba reconocido, o que no se lo conocía realmente y quería escribir este libro desde hace bastante, sobre todo, por la verdad. Ahora lo hice porque recién pude encararlo desde lo económico y también desde lo intelectual, porque antes estaba con unos estudios superiores y el desafío era armar un libro más o menos ordenado, con biografía, con fuentes, una serie de informaciones posibles.

 

- ¿Cómo se desarrolló tu trabajo con el tema de volver a recopilar las cartas de tus padres, las tenías en un lugar o tuviste que rastrearlas?

 

- No, por suerte mi hermana las tenía en un lugar y, en realidad, yo casi no las conocía bien. Así que di con ellas y elegí, porque había muchas más y después le sumé las reproducciones del periódico Estrella Roja del ERP, que para mí es algo muy importante porque aparecen en el libro con el formato original porque quería respetar todo el trabajo de los compañeros en la década de los 70. También fui dando con las revistas casi de casualidad, porque son documentos con muchos años que no dejan copiar en las bibliotecas que había visto en otros países y también las estuve buscando, pero las encontré acá. Allí cuentan todas las acciones, desde el reparto de alimentos en villas miserias hasta el copamiento de un cuartel para recuperar armas para la lucha. Para mí, la palabra que vale es la de esos compañeros que hoy no están y que escribieron todas esas cosas que quedan para la historia y que yo pude recuperar.

 

- ¿Qué te generó volver a leer esas cartas -porque algunas las leíste por primera vez-; volver a esos momentos donde están escritas, las cosas que se decían?

 

- Todo fue muy emotivo y positivo. Positivo porque conocí más los rasgos de mi padre cuando era más joven. Si bien nada de lo que encontré me sorprendió demasiado, era más bien la curiosidad porque cuando él murió yo tenía 13 años; entonces digamos que uno se acuerda de bastantes cosas, pero no tuve la oportunidad de hablar mucho con él, de intercambiar opiniones políticas, filosóficas, etc. De esa forma, yo podía conocerlo un poco más. También desde las anécdotas que la gente me sigue contando cuando distribuyo el libro en todo el país, sigo escuchando cosas muy positivas e interesantes para mí.

 

- Tu mamá no era una persona tan pública, supongo que esas cartas te permitieron conocer un perfil nuevo de ella...

 

- De mi mamá me interesaba casi un poco más, en el sentido de que yo era más chica cuando ella murió, yo tenía nueve años. De ella tengo muchos menos recuerdos primero porque antes de su muerte estuvo casi un año y medio presa y teníamos que ir a verla a la cárcel. Es decir, que yo desde los 8 años la veía más o menos en las vacaciones escolares y cosas así; pero tengo muchos menos recuerdos. Por eso fue importante para mí ver sus cartas de viajes, hablándose con su madre, con su hermana; todo fue muy positivo, todo lo que supe de ella me gustó y la conocí últimamente un poco más a través de este libro, que más bien versaba sobre la vida de ella porque, al terminar con su muerte en Trelew, en el último capítulo, yo se lo dedico. Fue positivo en ese sentido, en conocerlos mejor y en poder hacerles un homenaje.

 

- Y en cuanto a los recuerdos ligados a tu papá, casi todos están vinculados a lo cotidiano, a estos encuentros de pocas horas o de pocos días, ¿qué cosas más íntimas de tu infancia recordás de tu papá?

Entre 1974 y 1975 Marcela Eva empezó a vivir en casas operativas. Tenía 11 años y jugaba con la hija de Gorriarán Merlo. Sus padres ya no estaban pero la cuidaban “los compañeros”. A su mamá Ana María Villarreal ya la habían matado en la Masacre de Trelew en el 1972. En ese entonces Marcela Eva tenía nueve años. Santucho estaba fuera del país pero antes de irse había manifestado el deseo de que sus hijos sean cuidados por los compañeros de militancia, y no por su madre, con quien tenía una buena relación pero indefectiblemente los iba a terminar criando de acuerdo a su formación “pequeña burguesa y cristiana”.

–¿Cómo te enteras de la muerte de tu mamá?

–Me enteré por televisión. Mis familiares estaban un poco perdidos, no estaban al tanto de la fuga. Seguían las noticias y ahí se enteraban de todo, no podían preguntarle nada a nadie. Así fue como un día estaban mirando la tele y se enteraron. Como no se animaron a decirnos que habían matado a mi mamá, nos sentaron en frente del televisor. Los cables con los caídos se pasaban a cada rato. Ellos nos dijeron que iban a dar noticias de nuestros padres y ahí escuché el nombre de mi madre, estaban informando que se había muerto. A todo esto, Santucho se estaba por ir a Cuba, le dieron permiso para llamar y hablar con la madre primero y después con nosotros, los hijos. Estaba triste y nos dijo que iba a volver, que seamos fuertes. Recuerdo que le pregunté cuándo iba a volver y me dijo que pronto.

– ¿En ningún momento le recriminaste algo a tus padres?

–Durante la adolescencia, que es cuando uno está en rebelde, me hacía muchas preguntas, todo me dolía. Les recriminé que hayan muerto por un ideal colectivo, por un país y me hayan dejado a mí, sola, a mí y a mis hermanos, que éramos lo más importante desde mi punto de vista… Nosotros no habíamos podido aprovechar ni de la educación de ellos ni de su presencia. Yo decía: “¿Y ahora qué hago?” porque no me gustaba estar donde estaba. Cuando fuimos a Cuba, yo no le podía decir a nadie que me quería volver. Nos mandaron a una escuela en el campo. Estábamos ahí toda la semana, salíamos el sábado y entrábamos el domingo. No me gustaba pero nadie me podía sacar de ahí. Era huérfana.

- Recuerdo sobre todo que era cariñoso y que siempre estaba sonriente. Por ejemplo, una vez yo, que siempre fui medio rebelde, no sé qué habría hecho y él solamente me puso en penitencia, pero después se arrepintió y vino a la habitación y empezó a hablarme, y trató de explicarme que había estado mal. Me acuerdo que tenía los ojos aguados mientras hablaba. Creo que fue después de la muerte de mi madre. Y bueno, tenía toda esa ternura y era bromista. Tengo bastantes buenos recuerdos porque en realidad lo admiré mucho, primero porque era chica y también las hijas siempre con el padre tienen ese tipo de admiración. También porque el personaje en sí era bastante fuerte para mí. Sigo teniendo cierta admiración por muy pocas personas, pero por él es una de las personas que siento admiración todavía.

 

- ¿Qué te genera, después de tantos años afuera, venir al país a presentar este libro, después de todas las cosas que pasaron? ¿Una responsabilidad, un orgullo, una carga...?

 

- Bueno, ahora ya no es tanto una carga, sí es una carga en el sentido en que a veces tengo la impresión de que tengo que ocuparme de la justicia social, por llamarlo de alguna forma, más que cualquier otra persona. Ahora, en el sentido del hecho de decir que soy Santucho no, porque quizás lo hubiera sido antes, en la época de Menem, en esa época más de derecha cuando la gente decía: "Ah, el guerrillero", pero ahora la gente no tiene tanta extrañeza. Si nos ponemos a charlar, dicen: "Ah, vos sos la hija", todo es muy positivo, nunca he tenido ningún tipo de problema.

 

- Vos notás que ha cambiado al menos la percepción, que se puede charlar, se puede hablar, que en la época de la teoría de los dos demonios era más difícil...

 

- Sí, he hablado con muchos libreros de todas las provincias y la verdad es que todo el mundo me ha recibido el libro y bueno, supongo que si no hubieran estado de acuerdo en algo, no hubieran aceptado venderlo ni siquiera ganando algo. Después, hay mucha gente, quizás algunas con más ganas que otras, que lo han aceptado pero no he tenido ningún tipo de problema. Porque por ahí me digo que puede ser que entre a una librería y que fueran gente bien de derecha, pero hasta ahora no me ha tocado. Ni siquiera en Tucumán que fue una de las provincias que fue más castigada por la represión ya desde los setenta, después con Bussi gobernador. Por eso fue que lo imprimí ahí, la primera edición que salió y se está vendiendo ya hace varios meses, desde el principio de año e incluso hubo afiches que yo pegué en la calle por mi cuenta y pensé que iba a tener algún problema o que me iban a preguntar algo, pero no hubo nada. Fui a Salta, fui a dejar los libros por todos lados, pero yo pienso que ellos tienen que estar presentes, con sus libros, que se los conozca, que se los lea en las provincias donde ellos más estuvieron. Primero en Tucumán, ahí ellos se merecen ser, por lo menos, reconocidos.

 

Con mis padres yo no pude conversar de adolescente cosas de grandes porque ellos eligieron luchar... ellos lo eligieron así, pero quisiera que los reconozcan en el hecho de que no necesitaban luchar por ellos mismos, ellos tenían otra función. Tenían un proyecto social, un proyecto general, en ese sentido es lo que yo más valoro. No es solo un libro en la memoria de mi padre porque siempre he insistido también en que hay que tener en cuenta que él formaba parte de una organización que lideraba pero todo lo que él pudo hacer se pudo hacer fue gracias a los compañeros del PRT y el ERP que lucharon, que hicieron las acciones y que escribían en su prensa, que militaron, que estuvieron ahí , que apoyaron y que si no tienen un apellido o un nombre conocido, yo también los valoro a ellos, a su lucha. Si bien en el título está mencionado mi padre, Mario Roberto Santucho, por supuesto me refiero a toda la organización del PRT-ERP, que era una de las pocas organizaciones marxistas-leninistas.

 

- Y del trabajo político de tu papá, ¿qué es lo que te gustaría transmitir, cuáles serían las cosas principales que tendría que dejar claro ahí en tu libro o conocer los pibes más jóvenes que por ahí se acercan con curiosidad a leer?

 

- Bueno, la vigencia de su pensamiento hoy en día. El imperialismo para funcionar tiene que tener a alguien abajo y como hoy en día China e India se están desarrollando, Sudamérica se está independizando y hay varios países que ya no los pueden explotar, como Venezuela, toda esa injusticia es la que mi padre siempre quiso tratar de hacer entender a la gente para que la Argentina sea el país que tenga su industria propia, que no dependa de Estados Unidos, de Europa y que no actúen solamente como exportadores de materias primas. Todo eso es lo que quiero rescatar, mismo si no se puede resolver de un día para otro, lograr una cosa así, que por lo menos la gente esté consciente que los jóvenes sepan cómo funcionamos globalmente en este mundo y ese es el mensaje que los desaparecidos dejaron en Argentina

 

- Señalabas que no estabas de acuerdo con la idea de "derrota" con respecto a los años 70...

 

- Me parece fundamental agregar algo sobre eso porque no lo concibo y me gustaría explicar mi punto de vista. Los compañeros del PRT-ERP y de otras organizaciones clandestinas se enfrentaron a una fuerza muy superior: las Fuerzas Armadas estatales, que dispusieron de armamento de primer nivel, de hombres, mercenarios y otros entrenadores de la CIA que recibieron apoyo logístico y económico de los Estados Unidos, y que usaron recintos del Estado y otros privados para transformarlos en verdaderos campos de concentración (de Campo de Mayo a Automotores Orletti, etc.). Además tenían toda la impunidad para actuar, matando, secuestrando y torturando jóvenes que si estaban contra el sistema deberían haber sido juzgados y encarcelados pero en la legalidad. Esto empezó antes del golpe de estado del 24 de Marzo del 76 ya que la triple A secuestraba desde 1975 y el operativo Independencia se llevo a cabo en Tucumán en ese año también.

 

Se puede decir que fue una batalla entre David y Goliath, en la que David, a diferencia de la leyenda y sin el apoyo (probablemente lógico) de las masas replegadas ante tanta barbarie, murió combatiendo. Los sobrevivientes fueron los presos políticos que estaban antes del golpe legales en las cárceles donde quedaron muchos años y otros en el exilio. Por lo tanto cuando hoy se habla de derrota, no me parece pertinente designarlo así cuando se trata de revolucionarios valientes y seguros de que su lucha era justa, contra un gobierno corrupto y al servicio de intereses monopolistas, de un sistema en el que ellos no querían vivir y que luchaban por cambiar y liberar. Todos sabían el riesgo al cual se exponían y también a partir del golpe de Estado que habían vaticinado, sabían que la lucha sería difícil contra un enemigo sanguinario y sin reglas de lucha. Yo pienso que para mi padre fue mejor morir luchando que haber salido del país para presenciar desde el exilio una dictadura que duro siete largos años.

 

 

 

<<<” El 19 de julio de 1976 una patrulla del ejército genocida irrumpía en un departamento de Villa Martelli, provincia de Buenos Aires, donde se encontraba el Secretario General del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y Comandante en Jefe del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) Mario Roberto Santucho junto a otros miembros destacados del Partido: Benito Urteaga, Domingo Menna, Liliana Delfino, Ana Lanzillotto y Fernando Gértel.

Los uniformados  que ingresó en la casa, encabezaba por el capitán Leonetti, sorprendió a los militantes allí reunidos. Santucho, sacó un arma corta e hirió de muerte al represor. En el desigual enfrentamiento murió Benito Urteaga, “Mariano”, miembro del Comité Ejecutivo (CE) del Partido y quedó gravemente herido el Robi Santucho. De allí fueron todos trasladados a Campo de Mayo. Las compañeras Liliana Delfino y Ana Lanzilotto, esposas de Santucho y Domingo Menna respectivamente, se encontraban embarazadas y aun hoy permanecen desaparecidas.

Horas más tardes, y en hechos que no han podido determinarse con exactitud, cayeron el “Gringo” Menna, también miembro del CE del PRT quien fue torturado durante días y Fernando Gértel.

 

El “Roby” o “Negro” Santucho tenía pasajes para salir al exterior ese mismo día. Por decisión del Comité Ejecutivo del Partido debería haber salido una semana antes del país, pero el Roby había decidido quedarse hasta el 19 de julio para participar de una reunión con miembros de otras organizaciones político militares a fin de concretar la unidad de las fuerzas revolucionarias.

Con la caída del Roby la dictadura terminaba con la vida de quien era considerado como enemigo Nº1. . La dictadura argentina y en especial el ejército, sentía que se había logrado una gran victoria y durante años se jactaron de estos crímenes cometidos.

 

El PRT-ERP era calificado como “Oponente Activo de prioridad 1” en los planes trazados por los genocidas para ejercer el Terrorismo de Estado, en tanto que sus militantes eran considerados “irrecuperables”. Dentro del reparto de tareas sucias, el Ejército era el encargado principal del accionar represivo sobre dicho Partido. Miles de militantes de la organización pasaron por “El Campito”, centro clandestino de detención y tortura ubicada en Campo de Mayo, que tiene la triste distinción de poseer escasísimos sobrevivientes. Allí terminaron sus días los militantes perretistas el 19 de julio. Todos ellos permanecen aún desaparecidos. “>>>

 

Santucho; Bajo la mirada de Marcela una de sus hijas. Santucho; Bajo la mirada de Marcela una de sus hijas.
Santucho; Bajo la mirada de Marcela una de sus hijas.
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