Armando Romero

Corresponsal Sin Frontera

Por la libertad de Prensa

 

 

 

431270_351980198178068_204806406228782_1058962_1491871240_nEn estos días la población de Puertos Aysén ha conocido y vivenciado la brutalidad policiaca, una violencia institucional cimentada en la Doctrina Nacional de Seguridad […] donde los más humildes, son potenciales enemigos del Estado, a las tropas de FFEE y al GOPE se les adiestra en el odio, adoctrinándolos en el terror.

Los modestos hogares de los pobladores, fueron violentados en una acción intimidatoria y vejatoria […] gritos, insultos, golpes y amenazas, sin respetar la integridad de ancianos, niños y mujeres. Carabineros de Chile una institución militarizada, aplicando los mismo métodos, que conocimos en los años de la dictadura, sin lugar a duda, se siente respalda por este gobierno de derecha.

 

En el mundo el actuar de las policías, tiene un denominador en común. La DNS como ideología del terrorismo de Estado.

 

 

Junto a mi perro dando una mirada a la violencia institucional, pensando en esos niños de Aysén , que están siendo dañados, por los Estados y sus políticas de represión a los pueblos-

 

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El pacifismo no habría podido liberar los campos de concentración de Auschwitz o Dachau. El emotivo discurso de Chaplin en El gran dictador no acabó con Hitler. Hitler se suicidó cuando comprendió que la derrota era inevitable. Sin el Ejército Rojo avanzando hacia su búnker por las ruinas de Berlín, habría continuado lanzando a los niños y a los reservistas contra las posiciones enemigas, soñando con una imposible victoria. La no violencia se ha convertido en un peligroso dogma que contiene el descontento y malogra la posibilidad de un verdadero cambio social. Ya lo dijo Michael Moore en Bowling for Columbine (2002): “Estamos en guerra. Estados Unidos le ha declarado la guerra a los pobres, a las madres solteras, a los afroamericanos, a las minorías raciales”. Yo creo que la lucha contra la opresión no es violencia, sino resistencia y es tan legítima como el derecho a una vida digna, sin ninguna clase de discriminación o explotación. La lucha armada es el recurso de los que no tienen nada, pero no se resignan a ser los perdedores de la historia.

 

subcomandante-marcosLa lucha armada no afecta a las estructuras del poder, si no está encuadrada en un ideario político. Las protestas que estallaron en el Sur de Los Ángeles en 1992 sólo reflejaban malestar, desesperanza, nihilismo. Fueron como un terremoto, que derriba edificios, abre grietas y arranca árboles, sin crear nada a su paso. El nihilismo no es un revolucionario, pues carece de objetivos y no responde a una estrategia. Sin embargo, es difícil condenar una revuelta alimentada por intolerables injusticias. La comunidad afroamericana soportaba en esas fechas unos altos niveles de desempleo y unas pésimas condiciones de vida, agravadas por las reformas neoliberales aplicadas durante la Administración Reagan, que incluyeron el despido de la mayoría de los jardineros negros del Ayuntamiento, reemplazados por hispanos, que cobraban la mitad al no estar sindicados. Al paro y los recortes sociales, se sumó el racismo y la brutalidad del Departamento de Policía de Los Ángeles, acreditada por las investigaciones del abogado y diplomático Warren Christopher, que más tarde ocuparía la secretaría de Estado con Bill Clinton.

 

KinkLa crispación se convirtió en revuelta con la absolución de los agentes que apalearon a Rodney King, alegando legítima defensa. Las imágenes grabadas casualmente por George Holliday no confirmaban esa versión, sino que mostraban un encarnizamiento desmedido e innecesario. Los hechos habían ocurrido el 3 de marzo de 1991. Rodney King circulaba por una autoestopista de Los Ángeles a gran velocidad. Nunca se pretendió ocultar que se hallaba en libertad condicional y conducía bajo los efectos del alcohol. La policía le ordenó que se detuviera, pero ignoró las luces y las sirenas y pisó el acelerador, saltándose semáforos y señales de stop. Después explicaría que no deseaba regresar a la cárcel. Cuando al fin lograron frenar su huida con la ayuda de un helicóptero, se resistió al arresto, con gritos y forcejeos. Los agentes (tres blancos y un hispano) le derribaron con una pistola Taser, le propinaron 56 golpes con sus defensas y le propinaron varias patadas en la cabeza. Dos agentes se limitaron a observar, mientras sus compañeros descargaban su furia. George Holliday captó el incidente con su cámara y las imágenes se difundieron por todas las televisiones del mundo. La imagen de cuatro policías apaleando a un afroamericano tumbado en el suelo mostraba el verdadero rostro de la democracia americana. Era fácil deducir que esa situación se repetía a menudo, pero sin la presencia de una cámara que recogiera los hechos. El fiscal del distrito de Los Ángeles acusó a los policías de uso excesivo de la fuerza, pero un año más tarde un jurado compuesto exclusivamente por blancos desestimó los cargos. El veredicto encendió la ira de la comunidad afroamericana.

 

El caso de Rodney King no era la única herida que se mantenía abierta. Trece días después de la grabación del famoso vídeo, Soo Ja Du, de 50 años, pensó que Latasha Harlins, una joven afroamericana de 16, pretendía robarle un zumo de naranja en su tienda de ultramarinos. Increpó y zarandeó a la muchacha, sin advertir que llevaba el dinero en la mano. Latasha se defendió a puñetazos. Soo Ja Du rodó por el suelo, pero regresó con un arma y le pegó un tiro en la nuca, aprovechando que le había dado la espalda. Un jurado le consideró culpable de homicidio y le condenó a dieciséis años, pero el presidente del tribunal rebajó la pena a cinco años de libertad condicional, una indemnización de 5000 dólares y 400 horas de servicio a la comunidad, argumentando que Soo Ja Du había actuado en defensa de su vida, pero la cámara del establecimiento, que grabó el momento de la muerte, recogía con claridad que Latasha salía de la tienda cuando recibió el disparo. Dos testigos presenciales corroboraron la misma versión, pero no se tuvo en cuenta su testimonio.

 

El caso de Rodney King y Latasha Harlins liberaron la rabia acumulada por una comunidad maltratada y humillada, que se arrojó a la calle de forma espontánea, sin responder a ningún llamamiento ni plantear ninguna reivindicación, salvo su derecho a vivir con dignidad. Se asaltaron e incendiaron comercios, se atacó a los transeúntes blancos y se disparó a la policía. Fue necesaria una intervención combinada de la Guardia Nacional y de las tropas federales. Los disturbios se saldaron con 60 víctimas mortales, 2.000 heridos, 10.000 arrestos, 3.600 incendios, pérdidas materiales por valor de 1.000 millones de dólares. Los establecimientos de coreanos y asiáticos sufrieron más asaltos que los de otras comunidades. La liberalización los horarios comerciales en la década de los ochenta propició la competencia desleal y sembró la semilla del resentimiento entre negros, hispanos y asiáticos. Las tiendas de los afroamericanos no pudieron soportar la competencia de los coreanos e hispanos, dispuestos a mantener abiertos sus establecimientos 24 horas al día. Muchas familias tuvieron que cerrar sus comercios. Los coreanos respondieron elevando los precios, pues al controlar el mercado, entendieron que no había ninguna razón para mantener tarifas reducidas. La lógica inhumana de la economía capitalista transformó a los trabajadores en especuladores enfrentados por la supervivencia.

 

El capitalismo estimula la ambición material, el egoísmo, la insolidaridad, la exclusión. No es un sistema económico, sino una guerra encubierta que condena a millones de seres humanos al hambre, la pobreza y la marginación. No se puede reformar el capitalismo. El capitalismo debe ser abolido y los medios de producción socializados. En algún momento, tendremos que elegir entre la economía de mercado o la solidaridad con los pueblos oprimidos, que pasa necesariamente por un socialismo revolucionario. Sin la utopía de una sociedad sin clases sociales ni propiedad privada, el mundo sólo puede resignarse a una guerra silenciosa, que mata a un niño cada tres segundos y mantiene en la miseria a casi dos tercios de la población mundial.

 

La información sobre la revuelta de 1992 en el Sur de Los Ángeles es confusa. Se afirma que los delincuentes comunes y las bandas callejeras aprovecharon el caos para realizar actos de pillaje y ajustes de cuentas, pero los Crips y los Bloods, dos bandas históricas, acordaron un alto el fuego y pactaron su participación conjunta en movilizaciones políticas, orientadas a mejorar la situación de los afroamericanos. Aunque a menor escala, las protestas se contagiaron a otras ciudades: Atlanta, San Francisco, Nueva York. Cuando se restableció el orden, el gobierno decidió presentar de nuevo cargos contra los agentes que habían apaleado a Rodney King. El 17 de abril de 1993, se hizo público un nuevo veredicto. Se condenó a dos agentes y se absolvió a los otros dos. Esta vez no hubo reacciones violentas. Las protestas del año anterior no lograron encauzar el descontento hacia reivindicaciones políticas. Se echa de menos el compromiso de intelectuales que se atrevan a pedir un cambio radical, pero conviene recordar que ningún liderazgo puede reemplazar el necesario protagonismo del pueblo.

 

La rebelión zapatista de Chiapas que comenzó el 1 de enero de 1994 es un ejemplo de sublevación popular capaz de abrir una brecha en el neoliberalismo. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha creado cinco órganos autónomos de gobierno llamados Caracoles, que han realizado un notable esfuerzo para garantizar educación y sanidad a las comunidades indígenas. Los resultados son discretos, pero al menos simbolizan la resistencia de los pueblos contra un sistema que les explota o ignora. Las revoluciones no se pueden hacer a medias. Chiapas se ha estancado, pero podría recuperar el impulso de sus inicios, cuando intentó imitar los pasos de la Revolución cubana. La violencia que se desató en Los Ángeles o la revuelta zapatista no puede considerarse violencia, pues surge de una situación de opresión política, social y económica que justifica una reacción aplazada por el miedo, el desencanto o la desesperanza. No se puede exigir a una comunidad que se resigne a la pobreza y la discriminación racial. La verdadera violencia es la que ejerce el Estado para preservar los privilegios de una minoría.

 

La esperanza de vida de los afroamericanos es casi diez años inferior a la de los blancos. Esa diferencia se repite en México, donde los indígenas viven casi un década menos que el resto de la población. "¿Qué es la violencia?", me pregunto. Según Jon Sobrino, “un niño que muere de hambre hoy, muere asesinado”. No creo que este escándalo finalice hasta que el poder político represente verdaderamente la voluntad del pueblo. Pensar que este cambio puede producirse sin violencia me parece extremadamente ingenuo. Las protestas pacíficas nunca han desencadenado transformaciones significativas y duraderas. Por el contrario, creo que sólo han ayudado a preservar los intereses de la clase dominante. Se habla del “valor sagrado de la vida humana”, pero es imposible descartar la violencia, cuando luchas contra un régimen genocida. El Ejército guatemalteco asesinó a 250.000 mayas entre 1976 y 1989. ¿Habría sido ilegítimo utilizar la violencia contra los responsables de esta matanza? ¿Se puede afirmar que las vidas de Efraín Ríos Montt y el resto de los militares que ordenaron estos crímenes son “sagradas” y merecen ser respetadas? Creo que León Trotsky responde a estas preguntas con lucidez y valentía: “Mientras la mano de obra y, por consiguiente, la vida sea un artículo de comercio, de explotación y dilapidación, el principio del “valor sagrado de la vida humana” no será sino la más infame de las mentiras, cuyo objeto es mantener a los esclavos bajo el yugo”

 

En Chile la población ha conocido en carne propia la violencia del Estado, como consecuencia de los acontecimientos generados por el tsunamis, la población de Talcahuano vio en accionar de los marinos y policías […]   marinosquienes actuaron con inusitada violencias en contra los pobladores,  dejando en evidencia todo su odio doctrinario, en contra del pueblo.

 

En Puerto Aysén su población ha vivido episodios de violencia institucional, las FFEE disparando balines de aceros, lanzando gases lacrimógenos directamente a las casas, golpeando a los detenidos, haciendo uso desmedido de la fuerza, en contra las gente más humilde de Aysén.

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