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                                                                                                                                         armando romero

 

Las aguas están más que revuelta en la concertación, pugnas internas han dejado al descubierto la descomposición de su clase política. La coalición de centro izquierda, se encuentra debilitada, con un gran rechazo de la ciudadanía.

Por su parte en el consorcio de la alianza de la derecha, renovación nacional, se están enfrentando esa rancia derecha conservadora y los sectores ideológicamente “liberales”. Disputas de poder, que en el pasado fraccionara a la derecha chilena […] en la década de 1960, podemos constatar la existencia de una “derecha residual”, de carácter oligárquico, heredera de las tradiciones decimonónicas, la que en lugar de oponerse abiertamente a los cambios y a la pérdida del poder político desarrollo una estrategia de sobrevivencia, cooptando a los nuevos grupos que llegaban al poder y negociando con ellos.

 

Aceptar importantes cuotas de transformaciones modernizadoras, siempre en aras de evitar una democratización radical y, especialmente, el cuestionamiento de un mundo agrario de carácter señorial. Según la historiadora Verónica Valdivia, la opción derechista por apoyar la candidatura presidencial de Eduardo Frei Montalva, en la elección de 1964, podría explicarse en esta lógica, ya que –para la autora—al interior de la derecha habría existido disposición a aceptar algunas de las transformaciones propuestas por el programa de la “Revolución en Libertad”, entendiendo que estas deberían ser negociadas y consensuadas.

 

Es ineludible el anticomunismo, común a derechistas y democratacristianos, generaba puntos de encuentro entre ambas tendencias, los que posteriormente fueron reforzados en la “campaña del terror”. En sus propias palabras: “el ascenso de Frei y de los democratacristianos no fue visto con temor o desánimo, sino como la oportunidad de salvar la democracia, haciendo algunos ajustes, tal vez tan centrales como los de 1920 […] se pensaba que a pesar de la ausencia de un pacto explícito en 1964, los acuerdos en puntos centrales debían redundar en la mantención del estilo político prevalente hasta entonces: la negociación y el acuerdo”.

 

Sin embargo, las transformaciones propuestas por los democratacristianos una vez en el gobierno, especialmente la reforma agraria y la redefinición del derecho de propiedad traspasaron el “límite de la capacidad de cooptar el cambio que había tenido la derecha en el siglo XX” , debido a que ponían en juego elementos centrales para su hegemonía social. Según Valdivia, quien en este aspecto coincide con la línea interpretativa sobre el siglo XX planteada por autores como Juan Carlos Gómez, a diferencia de lo ocurrido en coyunturas anteriores, la derecha ahora se veía impelida a renovarse, abandonando la tendencia “de seguir a remolque proyectos modernizadores ajenos, pero sin poder controlar los ritmos del cambio” .

 

En América Latina, la revolución victoriosa de Cuba, el guevarismo y surgimiento de una izquierda revolucionaria, el MIR en Chile, sin lugar a duda aterro a esa derecha oligárquica, que veía con preocupación, los vientos de reforma en los campos, el surgimiento de sindicatos campesinos, era una situación, que los oligarcas no podían permitir. safe_image.php

 

La crisis vivida por la derecha habría cristalizado en la formación del Partido Nacional, en el año 1966, fruto de la convergencia de la antigua derecha política, compuesta por liberales y conservadores, facciones de la derecha económica y algunos grupos nacionalistas. Esta nueva derecha habría sido una suerte de “aglomeración”, entre la derecha “anterior y una realmente novedosa”. Sin embargo, habría tenido serias dificultades para definirse, lo que se debería a la heterogeneidad de los sectores que confluyeron en ella y la incapacidad de alguno de ellos para imponerse internamente a los demás.

 

“La materialización de la reforma agraria y el proceso de democratización social

y política que ella generó tensionó el sistema, porque derrumbó para siempre el orden

señorial y puso en cuestión, durante los años de la Unidad Popular, el capitalismo. La

reforma que posibilitó el reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos,

acabando con la exclusión, fue lo que le dio la legitimidad final a la Constitución de

1925, pues ella efectivamente convirtió en ciudadanos a toda la población. Fue esta

nueva ciudadanía la que amenazaba con poner en jaque la tradicional distribución del

poder y de la riqueza, amparada en un Estado poderoso.

 

Este contexto fue lo que convenció a la derecha en su conjunto –neoliberales

gremialistas, alessandristas, nacionales- de la urgencia de una reforma autoritaria de la

Constitución de 1925, pues ella había permitido su propia destrucción y la del pacto

social de dominación que representaba. Esto, sin embargo, no podría realizarse bajo un

orden democrático, porque nunca sería aprobada, en tanto revestía una involución

En efecto, según Valdivia, al interior del Partido Nacional coexistieron tres proyectos principales, sin que ninguno de ellos lograra prevalecer del todo. Estos eran: el liberal autoritario, el nacionalista y el neoliberal. Por lo demás, el Partido Nacional debió convivir con otras facciones de la derecha, como alessandristas y gremialistas, lo que le impidió concretar sus afanes unitarios.

 

Si bien los nacionalistas –con Sergio Onofre Jarpa a la cabeza—tomaron el control del partido en 1968, no lograron generar una hegemonía con proyecciones de un nuevo referente político.

Pese a estos problemas de identidad y definición, el Partido Nacional se habría diferenciado de la antigua derecha por su “estilo”, de carácter ofensivo y programático, y por la revalorización de la lucha por el poder en el campo político, en lugar del uso de la tradicional estrategia de la cooptación. En palabras de sus propios dirigentes, la derecha debería abandonar sus estrategias “Chamberlianas”, proclives al acuerdo y al apaciguamiento de los adversarios, para adoptar una actitud “Churchilliana”, dispuesta a enfrentar los conflictos. En adelante, el Partido Nacional buscó convertirse en un partido de masas, apelando a sectores sociales no habían compuesto sus bases de apoyo tradicionales.

 

Así, se preocupó de atraer a un electorado de clase media, especialmente de carácter “independiente”, no ligado al empleo público. Del mismo modo –aunque con muchos conflictos internos—buscó un acercamiento al mundo juvenil. Si bien inicialmente tuvo poco éxito en alcanzar estas metas, su existencia ya refleja un cambio de actitud en las filas de la derecha, generando transformaciones que se notaron especialmente en la nueva estructura organizativa que se dio al Partido. De este modo, se abandonaron las laxas estructuras organizacionales tradicionales para pasar a adaptar el andamiaje de un partido moderno, con una institucionalidad nacional basada sobre unidades mínimas llamadas “núcleos”, los que podían ser de carácter territorial o funcional. La derecha chilena, de cierta forma sabe leer los acontecimientos mundiales, su ideología no sufre mayores transformaciones, más bien diríamos, se adapta a los cambios, en pos de proteger sus intereses, se fortalece como fuerza social aglutinadora, de los sectores de profesionales y gremiales.

 

La académica también centra su atención en otra expresión derechista que nació en esos años, ya que en el período estudiado y al alero del mundo estudiantil, surgió otra nueva derecha. Se trata del Movimiento gremial de la Universidad Católica, formado en 1966 y estructurado en 1967, fecha –esta última—en que alcanzó notoriedad pública. Así, el gremialismo pasaría a ser una segunda vertiente ofensiva de la derecha, que representaba a un mundo juvenil oligárquico y que reaccionaba a la desestructuración de su orden social tradicional.

No es casualidad que su fundador y figura conspicua, Jaime Guzmán, haya sido parte de otros grupos tradicionalistas que reaccionaron al ambiente de revolución cultural del período, como fue el caso de FIDUCIA. Según Valdivia, el gremialismo fue una mezcla de tradicionalismo y cambio.

 

En su afán conservador, estuvo dispuesto a asumir una actitud agresiva. Así, su ámbito de acción particular, como fue el de la universidad, se transformó en una suerte de escenario donde se jugaban conflictos más amplios, como eran la “valorización de las jerarquías y las elites”. De este modo, el gremialismo se jugó por un proyecto político de carácter corporativista, destinado a frenar las movilizaciones sociales que caracterizaban a su época.

“Aunque toda la derecha deseaba un régimen presidencial y un debilitamiento del

Parlamento como condición de la reproducción del capitalismo y el control del poder

político, un segmento de ella –minoritario, por cierto- aún creía en la democracia

representativa y en la mantención del papel reconocido al Estado en la Constitución de

1925.”

 

Dado lo anterior, la campaña presidencial de 1970 se transformó en una instancia clave para conocer los cambios que estaba viviendo la derecha en el período. En efecto, según la autora, en ella se habrían evidenciado ciertos rasgos comunes a estas distintas vertientes de la derecha, como lo eran un proyecto económico basado en el capitalismo neoliberal, el que implicaba una revalorización de la iniciativa privada y un retroceso del Estado; al mismo tiempo que fuertes tendencias al autoritarismo presidencial, las que volvían proclives –a estas distintas corrientes—a un presidencialismo plebiscitario. La ensayista plantea que la actuación de las distintas vertientes derechistas en la campaña correspondía a un estilo “ariete”, es decir confrontacional y descalificador.

 

Sin embargo y pese a estos estilos e ideas en común, ciertos lineamientos ideológicos de la derecha nunca habrían quedado claros, debatiéndose entre un liberalismo restringido y un nacionalismo corporativista. Así, la pugna por los basamentos ideológicos de la nueva derecha habría quedado inconclusa.

Según Verónica Valdivia, la experiencia de la Unidad Popular habría sido el “canto del cisne” para el Partido Nacional, debido a la figuración y consistencia ideológica que esta colectividad llegó a alcanzar. En efecto, durante el gobierno de Allende, los sectores nacionalistas liderados por Sergio Onofre Jarpa prácticamente tomaron el control del partido y se transformaron en su cara visible, tiñéndolo con sus posturas antiliberales. Para el gremialismo, la Unidad Popular también fue una experiencia crucial, debido a que le permitió colaborar en la generación de importantes grados de movilización social antigubernamental. Aliado con los grupos nacionalistas, “patria y libertad” la brigada “Rolado Matu”, financiados por el gobiernos norteamericano, impusieron una política de terror en el país, sabotajes y atentados fueron su máxima expresión, que contó con la venia de toda la derecha y el PDC.

 

En este mismo período, el gremialismo consolidó un proyecto que, a largo plazo, apuntaba a restringir la participación política y reforzar el principio de autoridad. Al mismo tiempo, el gremialismo había logrado un consenso sobre la necesidad de emprender un proceso de liberalización económica, mostrando la temprana imbricación gremialista-neoliberal.

Al respecto, cabría mencionar que el término neoliberalismo tiende a ser utilizado con demasiada amplitud, englobando corrientes que si bien tenían ciertos sesgos anti estatistas, en muchos casos aún se mantenían dentro de una lógica económica de carácter Keynesiano.

 

Es así como el saldo del período, si bien inconcluso, habría legado a la derecha un estilo político confrontacional. Al mismo tiempo, que habría reforzado su proclividad al liberalismo económico, al autoritarismo presidencial y a una progresiva valorización del rol político-social de las Fuerzas Armadas. Todas estas características habrían estado acompañadas de una creciente sensación de desencanto con los partidos políticos, la que derivó en un discurso político con fuertes componentes antiliberales. Así, el “parto” de esta nueva derecha política, habría legado muchas de las características que definen a la derecha chilena en la actualidad.

“Cuando hoy todavía subsisten dudas respecto de la inscripción electoral

automática, el voto de los chilenos en el exterior, el sistema binominal, la participación

activa de la ciudadanía en los grandes debates nacionales y la necesidad de convocar a

una Asamblea Constituyente para discutir el orden de este nuevo milenio, no es

anacrónico preguntarse acerca de cuánto hemos avanzado como sociedad y clase

política desde los días de O’Higgins y Portales. Tal pareciera que la premisa de la elite

de 1810, que tan bien precisó Alfredo Jocelyn-Holt-, “cambiar para que nada cambie”

se ha convertido en un principio de larga duración, desbordando las fronteras de la clase

alta chilena.”

 

Hoy en este escenario de movilizaciones, de la decreciente credibilidad, por parte de la ciudadanía al presidente Piñera, lo que traza una atmosfera de ingobernabilidad del gobierno. La derecha pareciese comenzar a inquietarse, y acrecentar las disputas internas de poder.

Los partidos del conglomerado de la concertación, son incapaces de escuchar a esa ciudadanía, que en las elecciones pasadas les dio, un voto de castigo.

El movimiento estudiantil ha sido capaz, de desnudar las debilidades de esta desprestigiada clase política chilena

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