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Se acercan dos años de gobierno de la derecha chilena y el panorama es evidente. El estado de crisis, incubado durante años manifestado en el malestar cautivo de la gran mayoría de la población, explota como la necesaria revancha histórica en contra de quienes perpetraron el actual estado de cosas, expresándose en la más baja aprobación del gobierno desde la inauguración de la industria de las encuestas, rechazo que se ve agudizado por casos de corrupción (Kodama, Van Rysselberghe) y el contubernio económico obsceno de la elite política derechista (que repercutió en la salida de los ministros Lavin y Echeverría).

 

La alta conflictividad social derivada de un modelo que no tiene márgenes de maniobra y el recambio de formulas gubernativas, son muestra del fracaso de la nueva forma de gobernar en todas sus facetas, primero de la faz tecnocrática (“gobierno de los mejores”) en cuya última etapa la derecha económica impulsó una ofensiva contra el campo social sobre aspectos que no habían podido implementar durante la concertación. Dicho orientación fracasó producto de las amplias manifestaciones populares que condicionaron el estreno de la segunda faz denominada “política” y que se expresa en el último  cambio de gabinete (con Longueira y su verborrea fascistoide-corporativista a la cabeza), buscando dotar de gobernabilidad política sobre la base de la reinauguración del consenso político y la apertura a debate en torno a concesiones políticas y sociales.

 

La Concertación, carente de propuestas programáticas claras y de proyecto político, se enfrenta a su peor crisis de legitimidad que bien podría ser terminal si no es por la posibilidad cierta de ganar la próxima elección presidencial. Lo anterior, sumado a la ausencia de canales de expresión política de la base social, la estreches del marco institucional y las consecuencias insospechada de una escalda del conflicto, han empujado a este sector a treparse de la movilización social y buscar una salida negociada al interior del bloque en el poder, que evite el arribo de un escenario de mayor inestabilidad política.

 

De esta forma el entramado táctico concertacionista funciona a dos bandas, por una parte buscan recuperar su base de sustentación política aprovechando la movilización de amplios sectores sociales. Entre estas acciones se encuentra la instalación del “plebiscito” (con propuesta de reforma constitucional incluida) para destrabar el conflicto educacional por parte del el Partido Socialista y el Partido Por la Democracia.

 

La instalación de esta salida institucional tendría por objetivo táctico arrinconar mediáticamente a la derecha y asimilar electoralmente a la gran masa no inscrita ampliando la base electoral de cara a las elecciones municipales y  presidenciales, ahora en función de un proyecto “renovado y con mayor sintonía social”, todo ello a sabiendas que constituyen la única alternativa viable electoralmente en el escenario binominal.

 

En la perspectiva estratégica la instalación de la salida plebiscitaria refrescaría el vetusto padrón electoral (en la misma línea la derecha con el reimpulso de la inscripción automática y el  voto voluntario), fortaleciendo y ampliando eventualmente la base de adhesión político-institucional del modelo de representación. Pero eso no es todo. El discurso plebiscitario encierra el carácter de “mecanismo de descompresión del conflicto social” - ante la emergencia de reformas políticas estructurales (sistema electoral y de partidos) – y asimismo el carácter de “constrictor del movimiento social”, canalizando institucionalmente sus fuerzas a la función “ciudadanista”, alejando con ello todo peligro de irrupción de una alternativa política desde el mundo social. Siendo estas las únicas lecturas posibles que podrían imponerse en el ámbito de la discusión legislativa, la propuesta plebiscitaria resulta sumamente limitada tomando en cuenta que se requiere la venia de la derecha para su aprobación.

 

No obstante lo anterior, sostenemos que de instalarse esta alternativa en el mundo social resultaría necesario hacer claridad en la trampa subyacente y circunscribir dicho instrumento a aspectos estructurales y políticos del modelo que permitan tensar la interna del bloque en el poder y neutralizarlo.

 

La otra arista del entramado táctico concertacionista consiste en generar un “nuevo pacto institucional” gestado desde el interior de la clase política, impulsando el debate en torno a generar reformas políticas sustanciales (no económicas) que permitan terminar con los blindajes dictatoriales de la constitución del 80, tal como lo ha reclamado Ricardo Lagos (“terminar con el empate”) y manifestado la Democracia Cristiana en el documento “Más y Mejor Democracia Para Todos”[1], propuestas que giran en torno a un acuerdo político por arriba, que evite un mayor nivel de desestabilidad social y sus insospechadas consecuencias..

 

La izquierda “reformista”, es decir el Partido Comunista, en medio de posiciones tibias respecto a su rol primero en el Congreso (donde han hecho gala de mediocridad) y segundo en el movimiento popular, está preocupada de recuperar su rol de intermediación política del conflicto social (en lo estudiantil a través de sus dirigencias en la CONFECH y el Colegio de Profesores, en lo sindical a través del contubernio con el PS en la CUT ), postergando la instalación de demandas con alto contenido estratégico como lo es la nacionalización del cobre en función de la salida política al conflicto (por arriba), desplegando de esta forma credenciales que den merito suficiente para reeditar pactos electorales que ya ha comenzado a implementarse vía el acuerdo entre PC - MAS - Concertación para generar una sola lista de candidatos a alcalde.

 

Aparentemente el PC da muestras de habilidad política jugando a dos bandas con un discurso a nivel social y para la izquierda y por otra a nivel político institucional hacia la derecha, sin embargo resulta necesario reconocer que su apuesta siempre ha sido institucional y si en ocasiones ha primado la primera lo es por la oposición férrea a la cooptación político institucional del movimiento dada a nivel estudiantil por la amplia mayoría en la CONFECH, que plantea que la salida al conflicto debe desarrollarse directamente en el plano social. Lo anterior le ha valido la pérdida de credibilidad por parte del bloque en el poder como interlocutor político del mundo social, asimismo a la interna se ven agudizadas sus contradicciones, quedando con un margen de maniobra reducido para actuar uniformemente sobre el campo social.  

 

II

 

Desde el punto de vista de la factibilidad política de generar reformas sustanciales es necesario reconocer que la derecha chilena está dispuesta a llegar al 1% de aprobación del gobierno con tal de evitar que se produzcan reformas sustanciales que pongan en peligro la obra de la dictadura.

 

Sin embargo no hay que perder de vista que los intereses de la monopolios transnaciones de origen nacional están profundamente imbricados con el del capital monopólico extranjero y que la política interna se encuentra particularmente cohesionada a los intereses geopolíticos y económicos del imperialismo norteamericano, que ante el fantasma de que se desaten “nuevas aventuras populistas” en la región y en el marco de una aguda crisis de hegemonía, es capaz de patrocinar ciertas reformas institucionales que favorezcan la perspectiva del empate, en el sentido de acceder a concesiones  políticas a cambio de mantener sus privilegios económicos en la gran minería del cobre, en el ámbito energético y financiero.

 

En este sentido el cambio en el centro de gravedad de la concertación hacia posiciones proclives a reformas sustanciales y la leve apertura del gobierno a generar un marco de debate, si bien se encuentra determinado por la amplia movilización de masas, resulta muy probable que se encuentren influenciadas por los intereses del imperialismo norteamericano en nuestro país como ya señalabamos.

 

III

 

            La masividad de las reivindicaciones populares y su profundidad en las propuestas no son un hecho del azar. Son parte de un proceso de lucha que durante la última década se impulsaron desde las bases del movimiento popular, con algunas expresiones políticas restringidas (tanto de la izquierda reformista como revolucionaria) y que tiene como característica primordial una crítica al actual modelo económico, social y político.[2]

           

El descrédito de la política tiene al Bloque en el Poder en una encrucijada. Están preocupados por el cuestionamiento de sus privilegios, pero más aún por no tener una salida de bajo costo ante ascenso y radicalidad de las demandas populares. Porque más allá de las demandas sectoriales, las organizaciones sociales fueron capaces de instalar temas centrales y transversales, entre ellos la renacionalización del cobre, algunos esbozos de cambios en política tributaria, una nueva constitución política, revolución en la educación y a contra mano cambios al sistema electoral, etc..

 

Como señalábamos, en la oposición institucional raudamente han tratado de levantar una serie de reformas políticas que pasan por cambios constitucionales, para revertir el serio clima de agitación social, que bien podría prolongarse hasta el próximo gobierno, donde ellos se dan por ganadores una vez que aterrice en Chile la figura de Michelle Bachelet.

 

Pero en grandes sectores del pueblo ni la centro derecha, ni la mal denominada “social democracia” criolla, ni la izquierda reformista, o los experimentos liberales como el de MEO, son la luz al final del túnel. Ante este escenario hay tres alternativas, seguir confiando en el mal menor, la desidia absoluta o buscar nuevos cauces políticos.

 

Entonces ¿Qué pasa con la izquierda de intención revolucionaria?... No pasa nada, dicho de otra forma, hace bastante tiempo que pasa muy poco, porque hay que ser sinceros, al margen de cualquier trabajo honesto y esforzado, de una mayor inserción en el último tiempo, este sector no solo sigue siendo fragmentario y minoritario en el espectro político, sino que lo peor, HOY día no es decisivo y aunque en ciertos sectores tenga capacidad de contención  no es vanguardia de cambios y hay que considerar que muchos llevan más de 20 años trabajando en una alternativa para el pueblo chileno.

 

Creemos que hoy se hace necesario dar un salto audaz en el desarrollo de nuestras fuerzas y en la incidencia programática al interior del campo social que permita constituir una articulación, fundamentalmente desde lo programático y en función de objetivos concretos, signados en el actual momento por la necesidad de avanzar en reformas políticas económicas y sociales sustanciales para nuestro pueblo.

 

IV

 

A nuestro juicio, tomando en cuenta los antes tratado, resulta necesaria y están las condiciones objetivas para una serie de reformas sustanciales que permitan ampliar el campo de acción para el desarrollo de un proceso revolucionario mayor. Para quienes puedan tener dudas no estamos hablando de la tesis etapista surgida en la III internacional respecto del proceso de reformas democráticas, sólo planteamos que en el desarrollo del proceso de acumulación de fuerzas revolucionaria en el marco de nuestra definición estratégica, hoy día el movimiento popular y sus organizaciones políticas revolucionarias tienen una oportunidad histórica de alcanzar conquistas tácticas que permita el avance en la disputa ideológica al bloque en el poder, fortalecer las posiciones ganadas al enemigo y generar nuevas cabezas de playa.

 

Consideramos de esta forma, que la construcción de programas sectoriales debe hacerse carne en un proceso de corto-mediano plazo (por ejemplo en el plano sindical, educacional), en que soberanamente seamos capaces de formular, desde la base social, aspectos de reforma social y política, técnicamente sustentadas, que sean expresión de la articulación intersectorial del pueblo movilizado. Estos procesos deben ser ampliamente participativos y permitir asimilar los aportes de intelectuales dispuestos a subordinarse a las definiciones generales del campo popular. Lo anterior permite ir resolviendo el problema de la unidad REAL de la izquierda de intención revolucionaria en función de aspectos programáticos centrales e impostergables, que permitirá constituir un programa intersectorial, el programa del pueblo, base de la construcción de un movimiento popular clasista y sustento para iniciar una nueva etapa caracterizada por una actitud ofensiva.

 

En segundo lugar, decíamos que la amplia movilización social de masas y la radicalidad de las demandas han sido determinantes en la alteración  del centro de gravedad de la concertación hacia posiciones proclives a reformas sustanciales a lo que se suma la apertura del gobierno a generar un marco de debate obviamente restringido a la elite política, y que no obstante ello las posibilidades de apertura están influenciadas por los intereses del capital monopólico transnacional y del  imperialismo norteamericano en nuestro país.

 

Creemos que resulta necesario tensar desde el movimiento de masas el avance en reformas institucionales y económicas, considerando imprescindible incorporar al factor de ingobernabilidad política la necesaria ingobernabilidad económica, fijando como blancos de la movilización de masas los intereses del capital monopólico transnacional y del imperialismo norteamericano, ello no solo garantizará que las reformas arrancadas sean expresión genuina de las aspiraciones del movimiento social y no producto de concesiones calculadas del bloque dominante, sino que además plantea que dichas reformas son expresión de una conquista política del campo popular clasista en avance histórico y por tanto absolutamente capitalizables.

 

Finalmente, como señalábamos en documentos previos, la tarea táctica para la izquierda de intención revolucionaria y las organizaciones sociales clasistas, resulta evidente: Romper con el Pacto Social neoliberal, tensando reformas democráticas y económicas que machaquen los blindajes institucionales del modelo político y de acumulación neoliberal, sin embargo para avanzar en ello resulta pertinente  desarrollar las condiciones objetivas para avanzar en el proyecto soberano y popular de liberación.

 

Solo los  avances programáticos, políticos y de consciencia y una política independiente de la clase trabajadora y el movimiento popular en el ámbito de reformas pueden ser el fermento de una política de masas con vocación de mayoría que permita profundizar el proceso de acumulación de fuerzas y constituirnos en un bloque antagónico de clase y político que, en definitiva, consolide los avances y generen las condiciones para la apertura de un nuevo escenario en la lucha de clases en Chile.

 

Arriba los y las que Luchan

 

 

 

ANÁLISIS DE COYUNTURA: ORGANIZACIÓN COMUNISTA LIBERTARIA. OCL-CHILE

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