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EL CASO COVEMA Y LA MONJA MISTERIOSA

 

 

 Alejandra Matus


Entre el 23 de julio y el 2 de agosto de 1980, al menos 14 personas fueron secuestradas por el Comando de Vengadores de Mártires, un grupo formado por el entonces director de la Policía de Investigaciones, Ernesto Baeza, para vengar la muerte del teniente coronel Roger Vergara, asesinado por el MIR el 8 de julio de ese año. Todos los secuestrados fueron finalmente liberados. Sin embargo, uno de ellos, el estudiante Eduardo Jara, falleció producto de las torturas. En ese caso se inspiró el tercer capítulo de “Los archivos del cardenal”. Treinta y un años después de ocurrido el hecho, Cecilia Alzamora –quien fue apresada y liberada junto a Jara– habla sobre lo ocurrido y entrega antecedentes inéditos sobre el papel que habría jugado una monja como delatora de las víctimas, cuestión que en abril declaró ante el juez Mario Carroza, quien investiga un caso que la justicia había dado por cerrado.
 
El 23 de julio de 1980, Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la Universidad Católica, llamó a su amiga y ex polola Cecilia Alzamora. Ella ya había egresado, pero seguían en contacto. Ambos habían realizado la práctica profesional en Radio Chilena ese verano. Jara estaba muy acongojado porque no tenía dinero suficiente para pagar la matrícula para el segundo semestre. Por eso le pidió a Alzamora que lo acompañara a la universidad. Se le vencía el plazo ese mismo día y necesitaba conseguir que alguien le prestara el dinero. Ella aceptó a regañadientes, como en tantas otras ocasiones en que él enfrentó apuros similares.
Entonces habían pasado 8 días desde que un comando del MIR asesinara al director de la Escuela de Inteligencia del Ejército, teniente coronel Roger Vergara Campos, cuando salía de su casa en Manuel Montt, cerca de Bilbao. Se trataba de una de las primeras acciones ejecutadas por la Fuerza Central del MIR, que en 1978 había dado curso a la “operación retorno” y a inicios de los ’80 contaba ya con un contingente militar para realizar acciones selectivas y de cierta envergadura.


Roger Vergara pertenecía a la inteligencia institucional del Ejército. Su asesinato representó un golpe duro para los servicios de seguridad de la dictadura, algo que motivó la baja inmediata de Odlanier Mena, el flamante director de la CNI (el organismo que había reemplazado a la DINA) y enemigo declarado de Manuel Contreras. En su lugar, asumió Humberto Gordon. Santiago se volvió un hervidero de agentes y policías que tenían como único objetivo capturar a los asesinos de Vergara. En ese contexto, el director de Investigaciones, general Ernesto Baeza, seleccionó a 50 de sus hombres para buscar a los culpables. Así nació el Comando de Vengadores de Mártires, COVEMA. Y partió la cacería.

as viajaban desde el Paradero 25 de Gran Avenida rumbo al Campus Oriente en micro, Alzamora y Jara repararon en la fuerte presencia de policías en la calle.
-No es un buen día para salir-, dijo él.
-Ni menos para andar contigo-, bromeó ella.
 
Amistad en el Campus Oriente
Cecilia Alzamora estudió periodismo en la Universidad Católica a mediados de los 70. Tenía una hija, era soltera y a pesar de ser de izquierda, había decidido mantenerse al margen de cualquier actividad política. Eran años en que la detención, la marginación, la pérdida de trabajo y aún la muerte podían tocar a cualquiera que expresara oposición a la dictadura y Cecilia quería proteger a su hija. Por eso mantenía la boca cerrada y en la universidad no hacía otra cosa que estudiar.


Nunca le preguntó a Eduardo Jara si él militaba. Ella sospechaba que sí, por su amistad con Mario Romero, un estudiante brillante que terminó la carrera de periodismo en tiempo record, y con el hermano de éste, Gonzalo, quien estudiaba medicina y atendía gratuitamente a opositores sin recursos. “Esos eran los códigos. Había cosas que no se decían, ni se preguntaban”, recuerda.


Había otra mujer que parecía una amiga cercana a Eduardo. Cecilia pensó que ellos tenían una sintonía más política, porque “había muchas conversaciones privadas y secretos entre ellos; o eso parecía”. Lo curioso es que se trataba de una monja (cuyo nombre mantenemos en reserva en resguardo de la investigación judicial), quien había pedido el traslado a periodismo desde la carrera de teología. Algo similar había hecho el propio Jara, quien logró el traslado desde pedagogía.
Cecilia compartió con ella algunos ramos optativos, como un taller de cine, junto a Jara, Cecilia Serrano, Samuel Silva, María Elena Correa, Pamela Jiles y Taty Penna. “La monja”, como le decían todos, era una mujer simpática que se ruborizaba intensamente cada vez que se decía un chiste de doble sentido o un profesor le hacía una pregunta. A Jara le regalaba leche holandesa y ropa usada europea, que conseguía en la Congregación del Buen Pastor, a la que pertenecía (aunque según otra versión, se trataba de una monja paulina).
“Ellos estudiaban juntos. Se prestaban libros. Todavía tengo un texto de ella sobre el Concilio Vaticano II. Eduardo me pidió que se lo devolviera cuando la viera”, dice Alzamora. Pero la ocasión nunca se dio.
Cecilia recuerda que pocos días después del asesinato de Roger Vergara, Jara le confidenció que la monja había tenido una conducta extraña con él.

 


“Me dijo que se habían juntado en el convento, porque ella le iba a dar algo, y que la monja se levantó el hábito hasta el nacimiento de la pierna, como acomodándose las medias, mirándolo en forma inquietante. Yo lo eché a la broma. Pero él estaba muy preocupado. No entendía por qué la monja había actuado así”.

Ese 23 de julio, en el Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica, el profesor Oscar González Clark salvó del apuro a Jara y le extendió un cheque por mil pesos. “Ándate corriendo”, le dijo, porque, el plazo para matricularse vencía y Jara tendría que ir hasta la Casa Central de la universidad, frente al cerro Santa Lucía.
“Justo antes de salir nos encontramos con la monja. Eduardo se acercó a decirle algo y yo la saludé cuando terminaron de hablar. Salimos corriendo a tomar un colectivo”, relata.
Cecilia y Jara se sentaron adelante, junto al chofer, porque los tres asientos traseros estaban ocupados. El vehículo se detuvo en un semáforo en calle Los Leones, antes de llegar a Lota. Desde una camioneta C-10 se bajaron varios sujetos armados: “Bájate conchetumadre”, gritaron.
“A mí me metieron una pistola en las costillas, pero yo gritaba: ‘No, no. No me bajo’. Yo no entendía qué estaba pasando. Pensaba que nos querían bajar a todos y no tenía intenciones de obedecer, hasta que Eduardo me dice: ‘Cecilia. Bájate. Nos quieren a nosotros’”.


Los desconocidos metieron a Cecilia Alzamora y a Eduardo Jara en la parte trasera de la camioneta, les vendaron los ojos y los cubrieron con sus chaquetas. Les dieron numerosas vueltas, hasta llevarlos a un lugar, que tiempo después Cecilia reconocería como la Brigada de Homicidios, ubicada en ese entonces en el subterráneo del Cuartel Central de Investigaciones, en calle General Mackenna.
En operativos separados y en días sucesivos fueron secuestradas al menos 14 personas por parte de un hasta entonces desconocido Comando de Vengadores de Mártires (Covema). Entre las víctimas estaban Juan Capra, Nancy Ascueta y Haissam Chaghoury, quienes vivían en una pensión cercana al lugar donde fue asesinado el teniente coronel; los siquiatras Alejandro Navarrete y Eduardo Pérez Arza; una mujer a la que solo se conoció como “la abuela” y el estudiante de medicina Gonzalo Romero. Con los días se sumarían los secuestros de Mario Romero y Guillermo Hormazábal, directores de dos emisoras pertenecientes a la Iglesia Católica y cuya prominencia probablemente haría cambiar los planes del Covema.
En estos casos se inspiró el tercer capítulo de la serie “Los archivos del cardenal”, que TVN transmitió el pasado jueves 4 de agosto.
Alzamora y Jara, los primeros detenidos, fueron separados inmediatamente al llegar a su lugar de reclusión. Fueron desnudados y revisados. A ella le dieron un golpe en la cabeza que le dejó el cuello inmovilizado y a Jara se lo llevaron a otra dependencia. Ella ya no podía escucharlo.
Con los ojos vendados y sentada en una silla giratoria, Alzamora respondió preguntas sobre su supuesta vinculación con el MIR, el asesinato de Vergara y sus actividades políticas. Tras oír sus negativas, los agentes comenzaron a preguntarle por Jara y sus conexiones. Suponían que Alzamora era su polola y que, por lo tanto, sabría. Ella descartó que Jara pudiera estar involucrado en el asesinato de Vergara, porque aunque ya no estaban juntos, recordaba que ese día él había estado ubicable y no mostró especial preocupación por ese hecho. Los interrogadores de Jara iban y venían con listados de nombres que él había entregado en la tortura, para chequearlos con ella. Casi todos eran compañeros de universidad, de los cuales Cecilia desconocía que tuvieran vínculos con organizaciones políticas.
“En un momento, me tomaron y me llevaron a la celda donde tenían a Eduardo. Estaba sentado, desnudo y amarrado, en una silla bajo un foco de luz. Me levantaron la venda para que pudiera verlo y para que él me viera a mí. ‘Ya poh, dile, cuéntale…’ y acto seguido Eduardo dijo que vivía hace varios años con la madre de su hijo, Ana María. ‘Pero no estoy casado’, aclaró seguidamente. Me di cuenta que estos tipos pensaban que nosotros éramos pareja y que de ese modo me iban a poner en su contra para delatarlo, pero yo sabía lo de Ana María. Eduardo les siguió el juego y me pidió perdón por las mentiras que supuestamente me había dicho. Después me llevaron de regreso y me decían: ‘¿Viste que te hicieron güeona?’ ‘Sí –decía yo, siguiendo el mismo juego–. Tienen razón. Qué le vamos a hacer’”.
Cecilia comenzó a sentir la presencia de otros prisioneros. Cuando podía, les preguntaba los nombres. Trataba de memorizarlos. Una anciana –“la abuela” o “señora Berta”– fue llevaba hasta el cuartel para interrogarla por ser vecina de María Isabel Ortega, una militante del MIR. Como la mujer dijo no saber nada, trajeron a un niño, su nieto, para que la conminara a hablar.

 


Cecilia se daba cuenta de que comenzaba la noche porque se aquietaban los ruidos a su alrededor. A Eduardo Jara lo dejaron en una habitación cercana a la suya. Ella lo oía quejarse, pedir agua. Un día, Jara no regresó. Los agentes le hicieron creer que él había muerto.
“Me sentaron en la silla giratoria y me empujaban de lado a lado : ‘Ahora sí que vai a hablar. El Jara ya cagó. Quedai voh’. Yo les dije: ‘Saben que más, hagan lo que quieran conmigo, van a perder el tiempo’. Y era cierto, porque Eduardo jamás me confidenció nada de sus actividades, si las tenía, y yo solo lo conocía en el contexto de la universidad. Salvo la sospecha sobre la real naturaleza de su relación con la monja, que aún me guardaba”.
Una alarma radial la salvó momentáneamente. Habían asaltado varias sedes bancarias y los agentes salieron en bandada a la calle. Los prisioneros quedaron prácticamente solos. Pero volvieron. Y uno de los agentes, que parecía más educado que los demás, pasó por su lado y le dijo: “Eres lista. No hai entregado na’”
“Yo imaginé que a Eduardo le habían sacado todo lo que podían hasta matarlo y que ahora me tocaba a mí. ‘Tengo que entregarles algo que les sirva’, pensé y me acordé de la monja. Me habían preguntado por todos los amigos de Eduardo, menos por ella. Sentía culpa, pero habían pasado varios días y suponía que ella habría tomado sus precauciones. Les di su nombre pensando que no podrían hacerle nada porque la Iglesia la iba a proteger. Para mi sorpresa, en vez de averiguar más, dejaron de interrogarme. No me preguntaron nada nunca más”.
Una semana después del secuestro de Jara y Alzamora, el 30 de julio, fueron arrestados Guillermo Hormazábal, director de Opinión Pública del arzobispado y jefe de prensa de radio Chilena, y Mario Romero, director de la radio Presidente Ibáñez, de Punta Arenas, quien estaba en Santiago preocupado por la desaparición de su hermano Gonzalo, secuestrado días antes.  Hormazábal y Romero fueron capturados cuando caminaban rumbo al restaurante Carillón, donde almorzaba el personal de Radio Chilena. El directorio de la emisora comenzó de inmediato una campaña intensa por su liberación y, cosa inusual para la época, la noticia de sus secuestros apareció en la prensa (ver galería inferior).


En medio de la conmoción, los prisioneros fueron trasladados a la Octava Comisaría Judicial de Investigaciones, según pudo aclarar posteriormente la Vicaría.
Jara ya no fue torturado, pero se quejaba constantemente de frío y de hambre. Decía que le dolían las muñecas. Imploraba que no lo dejaran morir.
Hormazábal fue liberado el mismo día de su detención, abandonado en un sitio eriazo con los ojos vendados. Los captores le dieron plata para la micro y le pusieron un papel en el bolsillo en el que se identificaban como Comando de Vengadores de Mártires (Covema). En la madrugada del 31 de julio fue liberado Gonzalo Romero y un poco más tarde, su hermano Mario.
Ese día la Corte de Apelaciones designó a Alberto Echavarría para investigar los secuestros, en respuesta a un escrito del ministro del Interior, Sergio Fernández. En la misma jornada, dos de los liberados dieron una conferencia de prensa, pero Cecilia Alzamora, Eduardo Jara, Nancy Ascueta y otros, seguían desaparecidos.
 Esa nohe del 31 de julio, según pudo establecerse en los testimonios recogidos por la Vicaría, los guardias que custodiaban a los prisioneros aún cautivos, abrieron una botella de pisco y bebían mientras jugaban naipes. Jara, sentado en una banca, se quejaba. Pedía agua.


“Nos tenían a todos vendados y cerca. Se notaba que movían cuerpos, y yo ya podía escucharlo. El estaba en shock. Desvariaba. ‘Cállate huevón’, le decían los guardias. . Él volvió a quejarse y de repente oí un golpe fuerte y seco. Eduardo quedó en silencio. Ahí sentí miedo. Pensé que estaba muerto o inconsciente, porque no lo escuché más por muchas horas. Hasta que despertó y comenzó a quejarse de nuevo. Estaba muy mal”.
Tarde, el viernes 1 de agosto, los prisioneros remanentes fueron subidos en varios vehículos y abandonados en distintos sitios eriazos en la madrugada del sábado 2.
A Cecilia Alzamora y Jara los mantuvieron en un furgón por largas horas. Uno de los guardias se portó amable y le masajeó los pies al joven, porque los tenía helados y sin zapatos. Luego, en la noche, fueron metidos a un auto que al fin partió.
“Eduardo seguía quejándose de dolor y frío. Se le caía la cabeza para el lado. Le decían: ‘Del MIR y recostándose como huevón. Enderézate’, pero él simplemente no podía. Nos bajaron en Valenzuela Puelma [en La Reina alta] y nos hicieron acostarnos en el suelo, boca abajo. Me dijeron: ‘Cuenta de 100 hacia atrás. Fuerte. Para que te escuchemos’. Ahí me despedí de la vida. Estaba segura de que nos iban a disparar”.
Cecilia no dejó de contar hasta que llegó al número uno. Entonces se dio cuenta que estaban solos y se quitó la venda.
“Hablé con él un poco. Le pregunté si había entregado a la monja. Me dijo que sí. ‘Yo también’, le dije. Lo ayudé a pararse. Casi no podía caminar. Yo le pasé mis zapatos y así pudo avanzar otro poco, pero no podía. Se iba para el lado. Lo dejé debajo de un poste y empecé a pedir ayuda. Me encontré con unos tipos que cuando supieron lo que nos había pasado salieron huyendo, despavoridos. Toqué el timbre en una casa y mentí. Dije que nos habían asaltado y así logré que llamaran a la ambulancia”.


Cecilia y Eduardo fueron trasladados a la Posta 4 de Ñuñoa. En camillas separadas por una cortina, Cecilia oía como los médicos anotaban las lesiones de Eduardo y pedían exámenes. Una enfermera le hizo un gesto indicándole que los médicos eran militares y se negó a tomar las pastillas que le ofrecieron. Ella fue trasladada a una comisaría y Jara quedó en el recinto médico. Mientras esperaba que su familia fuera a buscarla, un carabinero se le acercó y le dijo: “Aquí hay unos periodistas que quieren conversar con usted. ¿Desea atenderlos?”
Acepté pensando que serían colegas. Cuando me hizo pasar a la sala donde estaban, no podía creerlo. Los reconocí de inmediato. Eran los tipos que nos habían secuestrado. Uno que hablaba más que el otro me preguntó si yo creía que podría identificar a mis captores. Les dije: ‘Da la casualidad que se parecen mucho a ustedes’, me di la media vuelta y salí”.
Minutos después un carabinero se acercó a contarle que Jara había muerto. Cecilia se sentía en medio de una pesadilla de la que pronto iría a despertar.
 
La Monja
A la mañana siguiente, a primera hora, Cecilia se presentó en la Vicaría. Lo primero que pidió fue que alguien se preocupara de la situación de la monja. Ella había dado su nombre en los interrogatorios y quería asegurarse de que alguien le advirtiera que podía correr peligro.
“Los abogados me dijeron que no me preocupara, porque estaba bien, pero noté algo raro. Exigí hablar con el vicario Juan De Castro y él también insistió en que ella estaba bien. ‘No le ha pasado nada’, me dijo, pero no sonó convincente”.
Unos días más tarde, Echavarría ordenó la detención del jefe de la Brigada de Homicidios, José Opazo, y el subjefe, Domingo Pinto, junto a tres subalternos. La justicia aceptó la hipótesis de que el Covema se organizó a espaldas del mando institucional, pero el escándalo obligó a la renuncia casi inmediata del director de Investigaciones, general (R) Ernesto Baeza.
Unas semanas más tarde, por una iniciativa de revista Hoy, todos quienes habían sido secuestrados se reunieron. Entonces Cecilia se enteró de que Guillermo Hormazábal y Mario Romero habían visto a la monja minutos antes de ser detenidos. Contaron que ella les insistió en acompañarlos a almorzar, pero Guillermo se negó explicándole que Mario quería hablar un asunto delicado con él.


Cecilia volvió a la Vicaría. Exigía saber qué había pasado con la monja. Entonces se enteró que su congregación la había sacado fuera del país. Años más tarde descubrió un hecho aún más escalofriante. La monja volvió a Chile desprendida de sus hábitos y ya de civil se casó con José Opazo, el ex jefe de la Brigada de Homicidios, el hombre que dirigió el operativo del Covema. Opazo habría muerto más tarde de cáncer, pero la monja, titulada de periodista, se encontró en un par de ocasiones con Cecilia en actividades profesionales.
“Ella me miraba desafiante. Como diciendo aquí estoy.  A mí se me helaba la sangre. Durante los siguientes 10 años, yo seguí recibiendo llamadas anónimas de amenazas. Principalmente de una mujer. A pesar de que yo me cambiaba constantemente de casa, siempre me ubicaban y amenazaban a mi hija o a mi padre. Una vez llamaron a unos vecinos para decirles: ‘¿Usted sabe que su vecina es una terrorista?’”
Varela, uno de los abogados de la Vicaría que estuvo a cargo del caso, recuerda que el ministro Echavarría prácticamente no investigó el caso Covema. Era el mismo juez que en el caso de los  10 dirigentes desaparecidos del PC en 1976 dio por ciertos los papeles que certificaban su salida al extranjero y cerró la causa. En cuanto a estos 14 secuestros, determinó que José Opazo y el detective Eduardo Rodríguez actuaron de motu propio en la detención ilegal de Juan Capra y Nancy Ascueta, y en 1988 los condenó a penas bajas y remitidas. En cuanto a la muerte de Eduardo Jara, el juez no encontró pruebas de que los funcionarios hubiesen participado en su secuestro, ni que tuvieran responsabilidad en su muerte. El caso por su homicidio fue sobreseído sin culpables.
En 1985, la Vicaría obtuvo el testimonio de un funcionario que participó en el operativo como chofer, el que permitió establecer que el Covema secuestró y torturó a Eduardo Jara y que su la creación fue ordenada por el general Baeza. Éste escogió personalmente a 50 de sus mejores hombres para la operación y contó con la colaboración, usual en esos años, de la CNI y aun de personal de Carabineros. Pero la justicia ignoró los antecedentes.
Sobre el crimen de Jara, un militante marginal del MIR, sin participación en acciones militares, el abogado Varela señala: “Investigaciones creyó tener un hilo e intentó aclarar el crimen de Roger Vergara por esa vía. Pero sus pistas eran totalmente erradas. Lo que nunca tuvo una explicación muy clara, fue la violencia de la acción y haber matado a Eduardo Jara, salvo que se les pasó la mano en la tortura”.


Cecilia Alzamora cree que al menos las detenciones de Eduardo Jara, Guillermo Hormazábal, Mario y Gonzalo Romero y la suya se debieron a un “soplo” de la monja.
“Recuerdo que lo discutimos entre nosotros en aquel tiempo, pero optamos por no insistir. Destapar este dato hubiera servido para desprestigiar a la Iglesia y el trabajo de la Vicaría”, relata.
Sin embargo, 21 años después del asesinato de Eduardo Jara, Cecilia Alzamora ya no siente ese temor y en abril pasado declaró lo que sabe ante el juez Mario Carroza.

Alejandra Matus Entre el 23 de julio y el 2 de agosto de 1980, al menos 14 personas fueron secuestradas por el Comando de Vengadores de Mártires, un grupo formado por el entonces director de la Policía de Investigaciones, Ernesto Baeza, para vengar la muerte del teniente coronel Roger Vergara, asesinado por el MIR el 8 de julio de ese año. Todos los secuestrados fueron finalmente liberados. Sin embargo, uno de ellos, el estudiante Eduardo Jara, falleció producto de las torturas. En ese caso se inspiró el tercer capítulo de “Los archivos del cardenal”. Treinta y un años después de ocurrido el hecho, Cecilia Alzamora –quien fue apresada y liberada junto a Jara– habla sobre lo ocurrido y entrega antecedentes inéditos sobre el papel que habría jugado una monja como delatora de las víctimas, cuestión que en abril declaró ante el juez Mario Carroza, quien investiga un caso que la justicia había dado por cerrado. El 23 de julio de 1980, Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la Universidad Católica, llamó a su amiga y ex polola Cecilia Alzamora. Ella ya había egresado, pero seguían en contacto. Ambos habían realizado la práctica profesional en Radio Chilena ese verano. Jara estaba muy acongojado porque no tenía dinero suficiente para pagar la matrícula para el segundo semestre. Por eso le pidió a Alzamora que lo acompañara a la universidad. Se le vencía el plazo ese mismo día y necesitaba conseguir que alguien le prestara el dinero. Ella aceptó a regañadientes, como en tantas otras ocasiones en que él enfrentó apuros similares. Entonces habían pasado 8 días desde que un comando del MIR asesinara al director de la Escuela de Inteligencia del Ejército, teniente coronel Roger Vergara Campos, cuando salía de su casa en Manuel Montt, cerca de Bilbao. Se trataba de una de las primeras acciones ejecutadas por la Fuerza Central del MIR, que en 1978 había dado curso a la “operación retorno” y a inicios de los ’80 contaba ya con un contingente militar para realizar acciones selectivas y de cierta envergadura. Roger Vergara pertenecía a la inteligencia institucional del Ejército. Su asesinato representó un golpe duro para los servicios de seguridad de la dictadura, algo que motivó la baja inmediata de Odlanier Mena, el flamante director de la CNI (el organismo que había reemplazado a la DINA) y enemigo declarado de Manuel Contreras. En su lugar, asumió Humberto Gordon. Santiago se volvió un hervidero de agentes y policías que tenían como único objetivo capturar a los asesinos de Vergara. En ese contexto, el director de Investigaciones, general Ernesto Baeza, seleccionó a 50 de sus hombres para buscar a los culpables. Así nació el Comando de Vengadores de Mártires, COVEMA. Y partió la cacería. as viajaban desde el Paradero 25 de Gran Avenida rumbo al Campus Oriente en micro, Alzamora y Jara repararon en la fuerte presencia de policías en la calle. -No es un buen día para salir-, dijo él. -Ni menos para andar contigo-, bromeó ella. Amistad en el Campus Oriente Cecilia Alzamora estudió periodismo en la Universidad Católica a mediados de los 70. Tenía una hija, era soltera y a pesar de ser de izquierda, había decidido mantenerse al margen de cualquier actividad política.

 

Eran años en que la detención, la marginación, la pérdida de trabajo y aún la muerte podían tocar a cualquiera que expresara oposición a la dictadura y Cecilia quería proteger a su hija. Por eso mantenía la boca cerrada y en la universidad no hacía otra cosa que estudiar. Nunca le preguntó a Eduardo Jara si él militaba. Ella sospechaba que sí, por su amistad con Mario Romero, un estudiante brillante que terminó la carrera de periodismo en tiempo record, y con el hermano de éste, Gonzalo, quien estudiaba medicina y atendía gratuitamente a opositores sin recursos. “Esos eran los códigos. Había cosas que no se decían, ni se preguntaban”, recuerda. Había otra mujer que parecía una amiga cercana a Eduardo. Cecilia pensó que ellos tenían una sintonía más política, porque “había muchas conversaciones privadas y secretos entre ellos; o eso parecía”. Lo curioso es que se trataba de una monja (cuyo nombre mantenemos en reserva en resguardo de la investigación judicial), quien había pedido el traslado a periodismo desde la carrera de teología. Algo similar había hecho el propio Jara, quien logró el traslado desde pedagogía. Cecilia compartió con ella algunos ramos optativos, como un taller de cine, junto a Jara, Cecilia Serrano, Samuel Silva, María Elena Correa, Pamela Jiles y Taty Penna. “La monja”, como le decían todos, era una mujer simpática que se ruborizaba intensamente cada vez que se decía un chiste de doble sentido o un profesor le hacía una pregunta. A Jara le regalaba leche holandesa y ropa usada europea, que conseguía en la Congregación del Buen Pastor, a la que pertenecía (aunque según otra versión, se trataba de una monja paulina). “Ellos estudiaban juntos. Se prestaban libros. Todavía tengo un texto de ella sobre el Concilio Vaticano II. Eduardo me pidió que se lo devolviera cuando la viera”, dice Alzamora. Pero la ocasión nunca se dio. Cecilia recuerda que pocos días después del asesinato de Roger Vergara, Jara le confidenció que la monja había tenido una conducta extraña con él. “Me dijo que se habían juntado en el convento, porque ella le iba a dar algo, y que la monja se levantó el hábito hasta el nacimiento de la pierna, como acomodándose las medias, mirándolo en forma inquietante. Yo lo eché a la broma. Pero él estaba muy preocupado. No entendía por qué la monja había actuado así”. Ese 23 de julio, en el Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica, el profesor Oscar González Clark salvó del apuro a Jara y le extendió un cheque por mil pesos. “Ándate corriendo”, le dijo, porque, el plazo para matricularse vencía y Jara tendría que ir hasta la Casa Central de la universidad, frente al cerro Santa Lucía. “Justo antes de salir nos encontramos con la monja. Eduardo se acercó a decirle algo y yo la saludé cuando terminaron de hablar. Salimos corriendo a tomar un colectivo”, relata. Cecilia y Jara se sentaron adelante, junto al chofer, porque los tres asientos traseros estaban ocupados. El vehículo se detuvo en un semáforo en calle Los Leones, antes de llegar a Lota. Desde una camioneta C-10 se bajaron varios sujetos armados: “Bájate conchetumadre”, gritaron. “A mí me metieron una pistola en las costillas, pero yo gritaba: ‘No, no. No me bajo’. Yo no entendía qué estaba pasando. Pensaba que nos querían bajar a todos y no tenía intenciones de obedecer, hasta que Eduardo me dice: ‘Cecilia. Bájate. Nos quieren a nosotros’”. Los desconocidos metieron a Cecilia Alzamora y a Eduardo Jara en la parte trasera de la camioneta, les vendaron los ojos y los cubrieron con sus chaquetas. Les dieron numerosas vueltas, hasta llevarlos a un lugar, que tiempo después Cecilia reconocería como la Brigada de Homicidios, ubicada en ese entonces en el subterráneo del Cuartel Central de Investigaciones, en calle General Mackenna. En operativos separados y en días sucesivos fueron secuestradas al menos 14 personas por parte de un hasta entonces desconocido Comando de Vengadores de Mártires (Covema). Entre las víctimas estaban Juan Capra, Nancy Ascueta y Haissam Chaghoury, quienes vivían en una pensión cercana al lugar donde fue asesinado el teniente coronel; los siquiatras Alejandro Navarrete y Eduardo Pérez Arza; una mujer a la que solo se conoció como “la abuela” y el estudiante de medicina Gonzalo Romero. Con los días se sumarían los secuestros de Mario Romero y Guillermo Hormazábal, directores de dos emisoras pertenecientes a la Iglesia Católica y cuya prominencia probablemente haría cambiar los planes del Covema. En estos casos se inspiró el tercer capítulo de la serie “Los archivos del cardenal”, que TVN transmitió el pasado jueves 4 de agosto. Alzamora y Jara, los primeros detenidos, fueron separados inmediatamente al llegar a su lugar de reclusión. Fueron desnudados y revisados. A ella le dieron un golpe en la cabeza que le dejó el cuello inmovilizado y a Jara se lo llevaron a otra dependencia. Ella ya no podía escucharlo. Con los ojos vendados y sentada en una silla giratoria, Alzamora respondió preguntas sobre su supuesta vinculación con el MIR, el asesinato de Vergara y sus actividades políticas. Tras oír sus negativas, los agentes comenzaron a preguntarle por Jara y sus conexiones. Suponían que Alzamora era su polola y que, por lo tanto, sabría. Ella descartó que Jara pudiera estar involucrado en el asesinato de Vergara, porque aunque ya no estaban juntos, recordaba que ese día él había estado ubicable y no mostró especial preocupación por ese hecho. Los interrogadores de Jara iban y venían con listados de nombres que él había entregado en la tortura, para chequearlos con ella. Casi todos eran compañeros de universidad, de los cuales Cecilia desconocía que tuvieran vínculos con organizaciones políticas. “En un momento, me tomaron y me llevaron a la celda donde tenían a Eduardo. Estaba sentado, desnudo y amarrado, en una silla bajo un foco de luz. Me levantaron la venda para que pudiera verlo y para que él me viera a mí. ‘Ya poh, dile, cuéntale…’ y acto seguido Eduardo dijo que vivía hace varios años con la madre de su hijo, Ana María. ‘Pero no estoy casado’, aclaró seguidamente. Me di cuenta que estos tipos pensaban que nosotros éramos pareja y que de ese modo me iban a poner en su contra para delatarlo, pero yo sabía lo de Ana María. Eduardo les siguió el juego y me pidió perdón por las mentiras que supuestamente me había dicho. Después me llevaron de regreso y me decían: ‘¿Viste que te hicieron güeona?’ ‘Sí –decía yo, siguiendo el mismo juego–. Tienen razón. Qué le vamos a hacer’”. Cecilia comenzó a sentir la presencia de otros prisioneros. Cuando podía, les preguntaba los nombres. Trataba de memorizarlos. Una anciana –“la abuela” o “señora Berta”– fue llevaba hasta el cuartel para interrogarla por ser vecina de María Isabel Ortega, una militante del MIR. Como la mujer dijo no saber nada, trajeron a un niño, su nieto, para que la conminara a hablar. Cecilia se daba cuenta de que comenzaba la noche porque se aquietaban los ruidos a su alrededor. A Eduardo Jara lo dejaron en una habitación cercana a la suya. Ella lo oía quejarse, pedir agua. Un día, Jara no regresó. Los agentes le hicieron creer que él había muerto. “Me sentaron en la silla giratoria y me empujaban de lado a lado : ‘Ahora sí que vai a hablar. El Jara ya cagó. Quedai voh’. Yo les dije: ‘Saben que más, hagan lo que quieran conmigo, van a perder el tiempo’. Y era cierto, porque Eduardo jamás me confidenció nada de sus actividades, si las tenía, y yo solo lo conocía en el contexto de la universidad. Salvo la sospecha sobre la real naturaleza de su relación con la monja, que aún me guardaba”. Una alarma radial la salvó momentáneamente. Habían asaltado varias sedes bancarias y los agentes salieron en bandada a la calle. Los prisioneros quedaron prácticamente solos. Pero volvieron. Y uno de los agentes, que parecía más educado que los demás, pasó por su lado y le dijo: “Eres lista. No hai entregado na’” “Yo imaginé que a Eduardo le habían sacado todo lo que podían hasta matarlo y que ahora me tocaba a mí. ‘Tengo que entregarles algo que les sirva’, pensé y me acordé de la monja. Me habían preguntado por todos los amigos de Eduardo, menos por ella. Sentía culpa, pero habían pasado varios días y suponía que ella habría tomado sus precauciones. Les di su nombre pensando que no podrían hacerle nada porque la Iglesia la iba a proteger. Para mi sorpresa, en vez de averiguar más, dejaron de interrogarme. No me preguntaron nada nunca más”. Una semana después del secuestro de Jara y Alzamora, el 30 de julio, fueron arrestados Guillermo Hormazábal, director de Opinión Pública del arzobispado y jefe de prensa de radio Chilena, y Mario Romero, director de la radio Presidente Ibáñez, de Punta Arenas, quien estaba en Santiago preocupado por la desaparición de su hermano Gonzalo, secuestrado días antes. Hormazábal y Romero fueron capturados cuando caminaban rumbo al restaurante Carillón, donde almorzaba el personal de Radio Chilena. El directorio de la emisora comenzó de inmediato una campaña intensa por su liberación y, cosa inusual para la época, la noticia de sus secuestros apareció en la prensa (ver galería inferior). En medio de la conmoción, los prisioneros fueron trasladados a la Octava Comisaría Judicial de Investigaciones, según pudo aclarar posteriormente la Vicaría. Jara ya no fue torturado, pero se quejaba constantemente de frío y de hambre. Decía que le dolían las muñecas. Imploraba que no lo dejaran morir. Hormazábal fue liberado el mismo día de su detención, abandonado en un sitio eriazo con los ojos vendados. Los captores le dieron plata para la micro y le pusieron un papel en el bolsillo en el que se identificaban como Comando de Vengadores de Mártires (Covema). En la madrugada del 31 de julio fue liberado Gonzalo Romero y un poco más tarde, su hermano Mario. Ese día la Corte de Apelaciones designó a Alberto Echavarría para investigar los secuestros, en respuesta a un escrito del ministro del Interior, Sergio Fernández. En la misma jornada, dos de los liberados dieron una conferencia de prensa, pero Cecilia Alzamora, Eduardo Jara, Nancy Ascueta y otros, seguían desaparecidos. Esa nohe del 31 de julio, según pudo establecerse en los testimonios recogidos por la Vicaría, los guardias que custodiaban a los prisioneros aún cautivos, abrieron una botella de pisco y bebían mientras jugaban naipes. Jara, sentado en una banca, se quejaba. Pedía agua. “Nos tenían a todos vendados y cerca. Se notaba que movían cuerpos, y yo ya podía escucharlo. El estaba en shock. Desvariaba. ‘Cállate huevón’, le decían los guardias. . Él volvió a quejarse y de repente oí un golpe fuerte y seco. Eduardo quedó en silencio.

 

Ahí sentí miedo. Pensé que estaba muerto o inconsciente, porque no lo escuché más por muchas horas. Hasta que despertó y comenzó a quejarse de nuevo. Estaba muy mal”. Tarde, el viernes 1 de agosto, los prisioneros remanentes fueron subidos en varios vehículos y abandonados en distintos sitios eriazos en la madrugada del sábado 2. A Cecilia Alzamora y Jara los mantuvieron en un furgón por largas horas. Uno de los guardias se portó amable y le masajeó los pies al joven, porque los tenía helados y sin zapatos. Luego, en la noche, fueron metidos a un auto que al fin partió. “Eduardo seguía quejándose de dolor y frío. Se le caía la cabeza para el lado. Le decían: ‘Del MIR y recostándose como huevón. Enderézate’, pero él simplemente no podía. Nos bajaron en Valenzuela Puelma [en La Reina alta] y nos hicieron acostarnos en el suelo, boca abajo. Me dijeron: ‘Cuenta de 100 hacia atrás. Fuerte. Para que te escuchemos’. Ahí me despedí de la vida. Estaba segura de que nos iban a disparar”. Cecilia no dejó de contar hasta que llegó al número uno. Entonces se dio cuenta que estaban solos y se quitó la venda. “Hablé con él un poco. Le pregunté si había entregado a la monja. Me dijo que sí. ‘Yo también’, le dije. Lo ayudé a pararse. Casi no podía caminar. Yo le pasé mis zapatos y así pudo avanzar otro poco, pero no podía. Se iba para el lado. Lo dejé debajo de un poste y empecé a pedir ayuda. Me encontré con unos tipos que cuando supieron lo que nos había pasado salieron huyendo, despavoridos. Toqué el timbre en una casa y mentí. Dije que nos habían asaltado y así logré que llamaran a la ambulancia”. Cecilia y Eduardo fueron trasladados a la Posta 4 de Ñuñoa. En camillas separadas por una cortina, Cecilia oía como los médicos anotaban las lesiones de Eduardo y pedían exámenes. Una enfermera le hizo un gesto indicándole que los médicos eran militares y se negó a tomar las pastillas que le ofrecieron. Ella fue trasladada a una comisaría y Jara quedó en el recinto médico. Mientras esperaba que su familia fuera a buscarla, un carabinero se le acercó y le dijo: “Aquí hay unos periodistas que quieren conversar con usted. ¿Desea atenderlos?” Acepté pensando que serían colegas. Cuando me hizo pasar a la sala donde estaban, no podía creerlo. Los reconocí de inmediato. Eran los tipos que nos habían secuestrado. Uno que hablaba más que el otro me preguntó si yo creía que podría identificar a mis captores. Les dije: ‘Da la casualidad que se parecen mucho a ustedes’, me di la media vuelta y salí”. Minutos después un carabinero se acercó a contarle que Jara había muerto. Cecilia se sentía en medio de una pesadilla de la que pronto iría a despertar. La Monja A la mañana siguiente, a primera hora, Cecilia se presentó en la Vicaría. Lo primero que pidió fue que alguien se preocupara de la situación de la monja. Ella había dado su nombre en los interrogatorios y quería asegurarse de que alguien le advirtiera que podía correr peligro. “Los abogados me dijeron que no me preocupara, porque estaba bien, pero noté algo raro. Exigí hablar con el vicario Juan De Castro y él también insistió en que ella estaba bien. ‘No le ha pasado nada’, me dijo, pero no sonó convincente”. Unos días más tarde, Echavarría ordenó la detención del jefe de la Brigada de Homicidios, José Opazo, y el subjefe, Domingo Pinto, junto a tres subalternos. La justicia aceptó la hipótesis de que el Covema se organizó a espaldas del mando institucional, pero el escándalo obligó a la renuncia casi inmediata del director de Investigaciones, general (R) Ernesto Baeza. Unas semanas más tarde, por una iniciativa de revista Hoy, todos quienes habían sido secuestrados se reunieron. Entonces Cecilia se enteró de que Guillermo Hormazábal y Mario Romero habían visto a la monja minutos antes de ser detenidos. Contaron que ella les insistió en acompañarlos a almorzar, pero Guillermo se negó explicándole que Mario quería hablar un asunto delicado con él. Cecilia volvió a la Vicaría. Exigía saber qué había pasado con la monja.

 

Entonces se enteró que su congregación la había sacado fuera del país. Años más tarde descubrió un hecho aún más escalofriante. La monja volvió a Chile desprendida de sus hábitos y ya de civil se casó con José Opazo, el ex jefe de la Brigada de Homicidios, el hombre que dirigió el operativo del Covema. Opazo habría muerto más tarde de cáncer, pero la monja, titulada de periodista, se encontró en un par de ocasiones con Cecilia en actividades profesionales. “Ella me miraba desafiante. Como diciendo aquí estoy. A mí se me helaba la sangre. Durante los siguientes 10 años, yo seguí recibiendo llamadas anónimas de amenazas. Principalmente de una mujer. A pesar de que yo me cambiaba constantemente de casa, siempre me ubicaban y amenazaban a mi hija o a mi padre. Una vez llamaron a unos vecinos para decirles: ‘¿Usted sabe que su vecina es una terrorista?’” Varela, uno de los abogados de la Vicaría que estuvo a cargo del caso, recuerda que el ministro Echavarría prácticamente no investigó el caso Covema. Era el mismo juez que en el caso de los 10 dirigentes desaparecidos del PC en 1976 dio por ciertos los papeles que certificaban su salida al extranjero y cerró la causa. En cuanto a estos 14 secuestros, determinó que José Opazo y el detective Eduardo Rodríguez actuaron de motu propio en la detención ilegal de Juan Capra y Nancy Ascueta, y en 1988 los condenó a penas bajas y remitidas. En cuanto a la muerte de Eduardo Jara, el juez no encontró pruebas de que los funcionarios hubiesen participado en su secuestro, ni que tuvieran responsabilidad en su muerte. El caso por su homicidio fue sobreseído sin culpables. En 1985, la Vicaría obtuvo el testimonio de un funcionario que participó en el operativo como chofer, el que permitió establecer que el Covema secuestró y torturó a Eduardo Jara y que su la creación fue ordenada por el general Baeza. Éste escogió personalmente a 50 de sus mejores hombres para la operación y contó con la colaboración, usual en esos años, de la CNI y aun de personal de Carabineros. Pero la justicia ignoró los antecedentes. Sobre el crimen de Jara, un militante marginal del MIR, sin participación en acciones militares, el abogado Varela señala: “Investigaciones creyó tener un hilo e intentó aclarar el crimen de Roger Vergara por esa vía. Pero sus pistas eran totalmente erradas. Lo que nunca tuvo una explicación muy clara, fue la violencia de la acción y haber matado a Eduardo Jara, salvo que se les pasó la mano en la tortura”. Cecilia Alzamora cree que al menos las detenciones de Eduardo Jara, Guillermo Hormazábal, Mario y Gonzalo Romero y la suya se debieron a un “soplo” de la monja. “Recuerdo que lo discutimos entre nosotros en aquel tiempo, pero optamos por no insistir. Destapar este dato hubiera servido para desprestigiar a la Iglesia y el trabajo de la Vicaría”, relata. Sin embargo, 21 años después del asesinato de Eduardo Jara, Cecilia Alzamora ya no siente ese temor y en abril pasado declaró lo que sabe ante el juez Mario Carroza.

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