Las primeras 160 víctimas que llegaron a la ONU

El dossier secreto que unió a dos mujeres, un sacerdote y a Gabriel Valdés en febrero de 1974

 

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Gabriel Valdés se inclinó y le dijo sigilosamente al sacerdote Fernando Salas: “ahora páseme su maletín y yo le pasaré el mío”. La escena tuvo lugar en febrero de 1974, en un café de Nueva York. En la maleta del sacerdote estaban los documentos que acreditaban el asesinato de 160 personas durante los primeros meses de la dictadura y era imperioso difundirla. Para que llegaran a la ONU, se recurrió a ese intercambio que parece sacado de una película de la Guerra Fría, y a una cadena de la que formó parte la poetisa Rose Styron y la historiadora Joanne Fox Przeworski, ambas estadounidenses.

Santiago, febrero de 1974. Las calles de un Santiago agobiante serían la ruta que recorrerían dos mujeres estadounidenses que desembarcaron en el Hotel Carrera y que sin conocerse entonces entrelazarían sus vidas con un sacerdote católico chileno y el diplomático Gabriel Valdés en la búsqueda de información para un expediente clave que debían sacar de Chile clandestinamente. Su objetivo: rescatar a miles de chilenos de la muerte a sólo cinco meses del Golpe militar que derrocó al Presidente Salvador Allende, trastocando la vida, los ritmos, la fisonomía y hasta los ruidos de las calles de Chile. Esta es la historia inédita de la búsqueda y el rescate de ese dossier que finalmente llegó a las manos de Valdés en Nueva York y que permitió hacer la primera denuncia por violaciones de derechos humanos ante la ONU. Con ello se logró lo que el sacerdote Salas y el Comité Pro Paz buscaban: que la presión mundial pusiera freno a la impunidad con que había estado actuando la dictadura hasta ese momento.

La poetisa Rose Styron, autora de By Vineyard Light y Thieves Afternoon (viuda del novelista William Styron, autor de Las Confesiones de Nat Turner y La Decisión de Sophie), embarcó en Nueva York para el viaje que la llevaría a su primera misión en terreno como miembro de Amnistía Internacional. Para facilitar su tarea decidió simular ser una simple turista y aterrizó en Santiago de la mano de Susan, su hija mayor de 17 años. Lo que Rose no sabía en ese tórrido verano era que ese viaje la marcaría de por vida.

Su experiencia previa era su conocimiento sobre las violaciones a derechos humanos que se cometían en la Unión Soviética y en Sudáfrica. Un camino que inició en 1968, cuando Rose Styron y su marido William Styron, fueron invitados a una conferencia de escritores en la Unión Soviética donde eran los únicos occidentales. Estando allá, entre charlas y conversaciones íntimas, comprendieron que el hecho de ser los únicos estadounidenses traía consigo una responsabilidad; y para sus nuevos amigos, una oportunidad: la posibilidad de hacer escuchar sus voces en otros mundos, de transmitir sus historias y dramas. Volvieron a Nueva York cargados con libros y poemas para traducir. De ahí a involucrarse activamente en la defensa de los Derechos Humanos, fue –dice Rose – sólo cosa de tiempo.

 

Cuando la historiadora Joanne Fox Przeworski aterrizó en Santiago, traía consigo el rostro, olor y los sonidos de Molly, su pequeña hija de tan sólo seis meses a la que dejó en buenas manos para asumir lo que sentía era su deber. Chile no era un punto en el mapa, lo conocía muy bien. Mientras Rose Styron escribía, traducía poemas rusos, ayudaba a fundar la filial norteamericana de Amnistía Internacional y trabajaba por la libertad de Nelson Mandela encarcelado en Sudáfrica, Joanne Fox Przeworski iniciaba su relación con Chile. Entre 1970 y 1972 preparaba su disertación para doctorarse de historiadora mientras vivía en Santiago junto a su marido Adam Przeworski, profesor de FLACSO.

El Golpe de Estado en Chile sorprendió a las dos mujeres en Estados Unidos. Cinco meses después, por distintas rutas, ambas se embarcaron en una de las aventuras más importantes de sus vidas. Mientras Rose lo hacía por encargo de Amnistía Internacional, Joanne era parte de la “Comisión de Chicago investigadora de la situación de los Derechos Humanos en Chile” y la única que conocía Chile y hablaba español.

-Aunque de poco me sirvió al principio porque cuando llegué apenas reconocí el país en el que había vivido hasta sólo dos años antes. Era increíble: un país tan hermoso, con gente encantadora, hospitalaria, abierta a los extranjeros, se transformó en un monstruo totalitario y xenófobo, un lugar donde los vecinos se apuntaban con el dedo y se acusaban unos a otros. Algo difícil de creer, terrorífico –recuerda Joanne.

LA RUTA QUE NADIE QUIERE RECORDAR

 

 

No sólo el toque de queda había cambiado radicalmente la vida de los santiaguinos. En ese mes de febrero, el calor agobiante no daba tregua y acentuaba la tensión de las calles por donde circulaban incesantemente mujeres y hombres de distintas edades que buscaban en reparticiones públicas, hospitales, Servicio Médico Legal y comisarías, urgente respuesta sobre el destino de sus seres queridos encarcelados o simplemente desaparecidos, una palabra que todos ellos se negaban a pronunciar.

La escasa información disponible y las no respuestas acrecentaban la angustia de los familiares que cada día iniciaban el recorrido de los muertos. Una ruta que se hizo más agobiante desde que en noviembre de 1973, el Estadio Nacional, el principal campo de prisioneros instalado por el nuevo orden, fuera cerrado. Desde entonces, los 7 mil prisioneros que según la Cruz Roja Internacional figuraban encarcelados en esa instalación deportiva a fines de septiembre de 1973, ya no figuraban como detenidos. ¿Dónde están?, era la pregunta sin respuesta.

La pregunta cobraría un dramatismo inédito cuando años después el Informe Rettig y la Comisión Valech darían cuenta de que hasta ese mes de febrero de 1974 se registraron 1.896 víctimas de la violencia imperante, entre ejecutados políticos y detenidos desaparecidos. Eras sus familiares los que deambulaban por las calles buscando respuestas que nadie entregaba.

Para entonces, era un secreto de Estado los movimientos en Peñalolén, donde se ultimaban los trabajos de acondicionamiento que convertirían a Villa Grimaldi y otros recintos en cárceles clandestinas. La tensión sofocaba, los escondites se hacían cada día más escasos e inseguros mientras embajadas, como la francesa y la sueca, países donde se concentró el exilio chileno en Europa, estaban sobrepoblados y afectadas por el hacinamiento .

Para ensombrecer aún más esa cotidianeidad, la situación económica era apremiante. A las 4.601 personas que fueron despedidas de sus trabajos entre octubre de 1973 y diciembre de 1974, se sumó en diciembre de 1973 una variación anual del IPC de 508,1, la mayor registrada hasta ese momento.

 

En medio del caos, el 6 de octubre de 1973 y por iniciativa del Cardenal católico Raúl Silva Henríquez y del pastor luterano Helmuth Frenz, fallecido en estos días, se había constituido el Comité Pro Paz. Un alero creado por las Iglesias Católica, Metodista, Luterana, Evangélica, Ortodoxa, Pentecostal y la Comunidad Israelita para proveer de apoyo espiritual y de ayuda legal a todos los perseguidos. Sólo el departamento penal de ese comité en sus dos años de existencia atendió siete mil casos de arrestados, procesados, condenados y petición de ubicación de personas detenidas desaparecidas.

 

No hubo tregua para los funcionarios del Comité Pro Paz ese verano de 1974. Mientras analizaban cómo romper la censura impuesta, su departamento penal preparaba un Recurso de Amparo masivo por 131 personas a presentar en marzo, apenas reiniciado el Año Judicial .

 

Bajo condiciones de presión extrema por el aumento de las demandas y el acoso de que eran objeto por parte de las autoridades que negaban la represión masiva, los directivos y abogados del Comité Pro Paz entendieron que una vía para intentar frenar la violencia era informar a la comunidad internacional de los atentados contra los derechos humanos de los que eran testigos a diario. Para ello era menester comunicar información documentada e irrefutable de cada caso para así poder obtener solidaridad, presión y ayuda internacional. En febrero de 1974 se reuniría la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Nueva York para dar inicio a su tredécima sesión. La cita se convirtió en un hito al que había que llegar con los expedientes ultra chequeados de las víctimas.

Fue entonces que Rose Styron y Joanne Fox Przeworski entraron a jugar un rol clave en la historia.

 

VIGIA EN EL HOTEL CARRERA

Joanne y su grupo se hospedaron en el Hotel Carrera, justo a un costado del palacio de La Moneda. “Desde el techo del hotel podíamos ver el Palacio de gobierno bombardeado. Una semana antes habían asesinado a un turista italiano y mi marido estaba nervioso de que estuviera ahí, pero qué podía hacer, nadie más hablaba español, nadie más había estado ahí como yo, además, tenía muchos amigos en el país”, relata Joanne al teléfono desde su casa en Red Hook, NY.

Un corresponsal de la CBS les advirtió apenas llegaron al hotel que había que tener cuidado con lo que se decía entre esos muros.

-Como no podíamos tener ninguna conversación importante en las habitaciones porque nos estaban escuchando, subíamos a la terraza frecuentemente. Y fue desde ahí que divisé a Rose Styron por primera vez. Ella estaba con su hija. Yo no la conocía pero recuerdo haber comentado: “¿¡Qué hace esa rubia de vacaciones en este lugar a seis meses del Golpe!?” –cuenta Joanne

Lo que Joanne no sabía era que Rose Styron no estaba turisteando, sino en una misión de Amnistía Internacional:

-Querían que averiguara el paradero de los ministros del Presidente Allende que habían sido arrestados, llevados a centros de detención o de tortura a lo largo de Chile. Debía averiguar en qué condiciones estaban, si es que estaban vivos o muertos para que Amnistía pudiese ubicarlos y desplegar acciones por su vida y libertad. Además, PEN (Asociación Mundial de Escritores) me había pedido que intentara rescatar el último manuscrito de Pablo Neruda que supuestamente había sido enterrado bajo cemento en una esquina de Santiago. Fui a esa esquina y la verdad es que no encontré cemento alguno que diera la impresión de haber sido removido recientemente –recuerda Rose desde un café en Nueva York.

 

Transcurridos 37 años de ese verano, resulta extraño imaginar qué impulsó a Rose Styron a llevar con ella a su hija Susan a una misión que revestía riesgos, peligros. Una inquietud que la hizo recordar exactamente las recomendaciones que le dieron justo antes de subir al avión que la llevaría a Santiago:

-En el aeropuerto de Nueva York nos explicaron que la información que averiguáramos íbamos a tener que memorizarla, nunca escribir nada para así no poner en riesgo a nadie. Entendí que no era precisamente un lugar agradable. Pero nunca imaginé que podía llegar a ser un lugar tan peligroso para nosotras. Jamás imaginé que iba a ser una misión tan peligrosa. ¡De haberlo sabido obviamente nunca le hubiese pedido a mi hija que me acompañe! Lo que no sabíamos todavía en el detalle era la participación del gobierno norteamericano en el Golpe. No sabíamos del rol que había jugado Henry Kissinger. Supimos recién estando en Chile. Y fue estando allá en Santiago cuando realmente me percaté de los riesgos de la misión.

 

Rose Styron recuerda muy bien lo que ocurrió apenas salió a la calle: “Viajamos como madre e hija de vacaciones. Parecíamos una dupla inocente. Nos seguían para todos lados en unos vehículos, pero no tenían idea lo que estábamos haciendo realmente. Nos metimos en el juego y logramos averiguar muchas cosas. Logramos sacar toda la información que buscábamos de las propias mujeres de los prisioneros políticos a las que conocí a través de la señora del ministro de la Iglesia Metodista chilena, Samuel Araya. También recibí información de embajadores.

 

El calor del verano fue el gran colaborador que tuvo Rose para realizar su tarea:

-Cuando finalmente conocí a la mujer de Samuel Araya, le caímos bien mi hija y yo, confió en nosotras y decidió ayudarnos. Para ello coordinó una reunión con personas que nos podrían dar información. Como era verano, un día nos citó a una piscina ubicada en un hotel en las afueras de Santiago. Empezamos a jugar con una gran pelota roja. La tirábamos de un lado al otro dentro de la piscina y las mujeres se nos iban acercando una a una y cuando ya estaban lo suficientemente cerca nos entregaban información. Después, se iban rotando. Fue así como nos fueron informando dónde estaban sus maridos, en qué prisión, las torturas de las que eran víctimas, en qué condiciones estaban. ¡Era tremendo!

Esa información de primera mano significó para Rose sumergirse en un mundo que la sobrecogió. Un estímulo para acelerar la recepción de la información oficial que debía recibir del Comité Pro Paz. “Ellos estaban realizando copias de documentos para que yo pudiera llevarlos fuera del país. Parte de la información estaba en mi cabeza y el resto en esos papeles”, cuenta Rose.

En esos mismos momentos, otra mujer estadounidense, Joanne Fox Przeworski, giraba sus pasos en torno al Comité Pro Paz:

-Fuimos a la sede del Comité Pro Paz (ubicada en calle Santa Mónica). Ahí sacamos fotografías a los documentos sobre desaparecidos, torturados, los relatos de sus familias. Éramos como espías de películas viejas, espías inexpertos eso sí. Ellos querían que transportáramos fuera del país esa información, que la hiciéramos pública.

LAS REDES SACERDOTALES


El padre jesuita Fernando Salas fue el primer secretario ejecutivo del Comité Pro Paz. Ese verano de 1974, tenía 32 años y recién había sido ordenado sacerdote. Treinta y siete años más tarde, en la tranquilidad del Colegio San Ignacio desde donde acompaña a familias, el padre Salas decide hurgar en esos a días de “sufrimiento amontonado” y recuerda que en ese momento la necesidad, y especialmente la conveniencia de recibir apoyo de gobiernos o entidades internacionales, se hacía cada vez más latente.

 

-La Conferencia Episcopal chilena tenía posturas divididas, encontradas, respecto del gobierno militar, pero de alguna manera primaba el deseo de que hubiese respeto libertad, justicia, y que no hubieran torturas. Por eso, a comienzos de 1974, el primer paso del Comité Pro Paz fue empezar a pensar cómo poder hacer que los obispos hablaran de esto y al mismo tiempo tratar de ir consiguiendo apoyo internacional. Entonces se empezó a reunir un conjunto de documentos que podían mostrar de manera fehaciente que había personas que habían sido torturadas, que habían desaparecido, y probarlo en forma documentada. Así fue cómo surgieron los primeros 160 casos. Por cada uno de ellos pudimos demostrar con documentos, fotos, testimonios, certificados de defunción qué les había sucedido.

 

Esos documentos son los que Rose Styron y Joanne Fox Przeworski buscaban llevar fuera del país. Y fue en calle Santa Mónica, en la sede del Comité Pro Paz, que Joanne escuchó hablar por primera vez de Rose Styron:

-Estando ahí un cura nos comentó que tenía unos documentos que nos quería entregar pero que había otra mujer norteamericana que estaba dispuesta a llevarlos a Estados Unidos y que decía poder hacérselos llegar directamente a Edward Kennedy (que en esos momentos era senador y miembro de la Comisión de Relaciones Exteriores, a cargo de la Subcomisión de Refugiados del Congreso de EE.UU.). Yo no tenía ese tipo de conexiones por lo que claramente era mejor que los llevara ella. Esa mujer era Rose Styron, la rubia que había visto desde el techo del hotel, a quien no conocí hasta mucho después, ya de vuelta en nuestro país.

 

Al igual que Rose, Joanne no se dio por satisfecha con la información que logró reunir en el Comité Pro Paz. Siendo la única de su grupo que conocía el país y hablaba español, aprovechó esa ventaja: “prefería ir sola a visitar a mis amigos para evitar ponerlos en problemas. La mayoría estaban escondidos o a punto de dejar el país”. Y hubo nuevos contactos que le dejarían huellas imborrables. Joanne relata:

-También nos reunimos con un grupo de monjas, mujeres maravillosas, fuertes y que estaban extenuadas. Durante el día trabajaban y durante la noche enterraban cuerpos de manera clandestina, acompañando a las familias en esos difíciles momentos. Ellas también nos entregaron documentación. La escondieron en una hermosa caja de pañuelos que parecía un regalo, pero adentro había miles de hojas tan delgadas como tela de cebolla, hojas repletas de valiosa información. Uno de los textos ahí guardados era Estadio Chile, el último poema escrito por Víctor Jara desde el estadio donde fue torturado y más tarde asesinado.

 

Trasladar información detallada sobre torturas, asesinatos, detenciones y desapariciones que ocurrían en el Chile de ese entonces constituía un riesgo. Rose Styron cuenta que utilizó un bolso con fondo falso que le entregó la señora del Presidente de la Fundación Ford en Chile y su ropa interior para esconder los archivos. Además, debió cambiar su vuelo de regreso a Estados Unidos, que misteriosamente había sido trasladado de Braniff a Lan, a su aerolínea original. Al salir de Chile se percataron que el peligro persistía por lo que, al llegar a Lima donde el vuelo hacía escala y después de esconderse junto a su hija en el baño del aeropuerto, lograron llegar a destino ellas y los documentos.

El sacerdote Fernando Salas recuerda muy bien que una vez que tuvieron los primeros 160 casos documentados, “se hizo un resumen y un análisis del conjunto de la situación y se les envió a los obispos. Fue un resumen, no les mandamos todos los antecedentes, porque al ser un grupo de unas 30 ó 40 personas no íbamos a sacar tantas copias”.

 

La represión continuaba y el acoso de las nuevas autoridades también. Qué hacer con toda la documentación de los 160 casos de torturados y desaparecidos forzados acreditados por el Comité Pro Paz era la pregunta apremiante. Fernando Salas dice que en ese momento surgió la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas como la instancia de mayor peso mundial en la materia. Y empezaron a planificar la forma más expedita y segura de hacerlos llegar. Y fue entonces que emergió el nombre de Gabriel Valdés, el ex canciller del Presidente Eduardo Frei Montalva y que en ese momento ocupaba un alto cargo en la ONU en Nueva York, como el elegido para recepcionar el expediente más valioso del Comité Pro Paz.

 

Fernando Salas recuerda: “Se preparó todo ese dossier y tomamos contacto con la persona más cercana no sólo a la defensa de los chilenos de todo abuso y violencia, sino que también a la persona más cercana a Naciones Unidas: Gabriel Valdés. Nos pusimos de acuerdo para hacerle llegar los documentos. La pregunta era cómo hacerlos salir de Chile. Al final, después de conversaciones internas, fui yo mismo a llevárselos. Entonces, en un porta documentos más o menos gordo, de esos que se conocen como James Bond, pusimos todos los documentos, el dossier completo de las 160 personas. Me fui en un viaje extremadamente tenso y me junté con Gabriel Valdés en la sede de Naciones Unidas de Nueva York. Él era en ese momento la cabeza del programa del PNUD en América Latina”.

 

Ya en Nueva York, la situación seguía siendo tensa. Cuando finalmente Fernando Salas se sentó frente a Gabriel Valdés en un café cercano a la sede, aún no se decidía a soltar su maletín:

-Estábamos tomando un café con unos sándwiches y Gabriel Valdés me dice: “Tú me vas a dejar este material, ahora vamos a ir a un local donde podamos comprar un porta documentos equivalente para que no te quedes sin ninguno”. Entonces fue y él mismo compró un porta documentos nuevo, vacío. Y lo cambiamos. Ese maletín lo usé durante años después. Era un recuerdo permanente de Gabriel Valdés y de la necesidad que teníamos de la solidaridad internacional, de que nos ayudaran porque en Chile no podíamos resolver los problemas solos.

- ¿Y cuáles fueron las consecuencias de haber sacado de Chile esa cantidad de información?
El resultado de esos documentos, y me consta, es que esa fue la primera vez que llegaron documentos en cantidad importante a la ONU de lo que estaba ocurriendo en Chile y de cuya autenticidad y valor dábamos fe todos los que estábamos ahí trabajando. Eso fue lo que movió las resoluciones de las Naciones Unidas haciéndole serias observaciones al gobierno de Chile en esos momentos.

De ahí en adelante, las violaciones a los derechos humanos en Chile estuvieron presentes en todo foro y conferencia internacional sobre la materia. El primer efecto se hizo sentir en marzo de 1974, una semana después que utilizara esa tribuna Hortensia Bussi viuda de Allende, con un telegrama enviado por la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas a la Junta Militar, expresando su preocupación por los numerosos reportes dando cuenta de las violaciones a los Derechos Humanos y solicitando su cese inmediato. Además, demandó la protección de figuras públicas y políticas que corrían riesgo de muerte.

 

Dos meses después, en mayo de 1974, el Consejo Económico y Social de la ONU aprobó la resolución 1873 sobre protección de los Derechos Humanos en Chile. Un mes más tarde, en junio, fue el turno de la Organización Internacional de Trabajo (OIT) la que insistió ante la Junta Militar chilena -con la aprobación de otra resolución- instándola a poner término a la violación de los Derechos Humanos de los trabajadores y a cerrar los campos de concentración. En agosto, la Subcomisión de las Naciones Unidas para la Prevención de la Discriminación y la Protección de las Minorías aprobó la resolución número 8 con respecto al respeto de los Derechos Humanos Universales que estaban siendo vulnerados en Chile.

LOS HILOS INVISIBLES


Una vez que Rose Styron llegó a Nueva York lo primero que hizo fue encargarse de la información que tanto trabajo le costó sacar de Chile llegara al Congreso de los Estados Unidos. Sería sólo el comienzo de un largo trabajo que la uniría a muestro país y a Joanne Fox Przeworski. “Le entregamos todo ese material a Amnistía Internacional y ellos se lo dieron al New York Review of Books que publicó una edición que yo ayudé a escribir llamada Terror in Chile”.

Esa edición de Terror in Chile recogería también la información y el aporte de la historiadora Joanne Fox Przeworski. Así, la publicación lograría juntar a las dos mujeres que coincidieron en Santiago atravesando la misma estremecedora ruta sin que sus pasos se cruzaran, salvo aquella tarde en que al ver a Rose y a su hija desde la terraza del Hotel Carrera, Joanne exclamó: “¿¡Qué hace esa rubia de vacaciones en este lugar a seis meses del Golpe!?”.

 

-Amnistía Internacional usó la información para ayudar a los presos políticos y comenzó a trabajar para sacarlos fuera del país. Yo fui a Washington para consultarle al senador Edward Kennedy la posibilidad de impulsar un programa que aceptara a estos prisioneros como refugiados políticos ya que en esos años Estados Unidos sólo aceptaba refugiados de países comunistas. También hablé con el Fiscal General, para ese entonces ya era Presidente Gerald Ford y con él también hablé para que ayudara a los prisioneros chilenos. Entre Amnistía, el Fiscal General, Edward Kennedy y el Congreso, logramos sacar a varios prisioneros de Chile –cuenta Rose Styron.

Distintas fueron las vías que encontró Joanne Fox Przeworski, una vez de vuelta en Chicago, para seguir trabajando por los prisioneros chilenos: utilizó circuitos artísticos para ejercer presión y dar cuenta de la realidad chilena.

-Me puse en contacto con Joan Jara para confirmar la versión que yo había recibido del poema Estadio Chile y que había traído conmigo desde Chile. Junto a mi marido y a un grupo de estudiantes universitarios nos pusimos a traducir la información y le entregamos a Pete Seeger (cantante y activista estadounidense) el poema de Víctor Jara junto a otras historias dramáticas. Él cantó y contó estas historias y explicó lo que estaba ocurriendo en Chile frente a miles de personas en un concierto masivo que dio en Chicago. Recuerdo que cuando le dije a Seeger “mira, tengo el poema del Pete Seeger de América Latina”, él me respondió: “No, Víctor Jara es el Joe Hill de América Latina”. Y así fue como introdujo el poema frente a ese gran público.

 

Los hilos invisibles que alimentaron el flujo constante de información fehaciente y documentada de la violencia ejercida en Chile, no se detuvo jamás. Manos invisibles se encargaron de mantener ese caudal. Así fue como el 6 de noviembre de 1974, la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución 3219 que condenó a la Junta Militar y le encargó al Secretario General del organismo el desarrollo de las “medidas apropiadas para restablecer los Derechos Humanos en Chile”.

Al año siguiente, tras acoger una petición de la Asamblea General de la ONU, la Comisión de Derechos Humanos estableció un Grupo de Trabajo cuyo objetivo fue investigar e informar acerca de la situación en Chile. El grupo, presidido por el paquistaní Ghullam Ali Allana e integrado por otros cuatro miembros, sólo en 1978 fue autorizado a ingresar al país por las autoridades chilenas. El grupo se disolvió en 1979 y dio paso a un Relator Especial para investigar sobre las desapariciones forzadas y la situación en este país, el que se mantuvo hasta el retorno a la democracia.

 

El apoyo internacional a Chile tras el Golpe militar ha pasado a la historia como uno de excepción en torno al cual se desarrollaron un sinnúmero de acciones a nivel internacional para intentar frenar las torturas, las ejecuciones sumarias y las desapariciones forzadas.

Para Roberto Garretón, abogado experto en Derechos Humanos que participó activamente en el Comité Pro Paz y luego en la entidad que la sucedió, laVicaría de la Solidaridad, el fuerte apoyo tuvo que ver con la impresión mundial que causó el derrocamiento del Presidente Allende, y como consecuencia de eso, la interrupción de una de las democracias más antiguas y estables de América Latina. “La brutalidad del régimen militar y el grave atropello a los Derechos Humanos se tradujo en un apoyo internacional generalizado. Además, el hecho de que la información haya sido proporcionada primero por el Comité Pro Paz y luego por la Vicaría de la Solidaridad, le dio al caso chileno un fuerte marco de credibilidad”, explica.

 

-Chile es un país desagradecido, porque no ha retribuido nunca la inmensa solidaridad que recibió del mundo entero desde el primer día del Golpe. El único país que ha recibido más solidaridad fue el pueblo de Sudáfrica en tiempos del Apartheid. La transición chilena ha sido injusta pues no hemos retribuido nada, y lo único que mandamos al extranjero son militares y carabineros para las operaciones de paz, como si no tuviéramos mejores productos de exportación –concluye Roberto Garretón.

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