LA-TORTURA-Y-LA-DESAPARICION-COMO-METODO-INTERROGATORIO-E.jpgResistencia a la tortura

Estados autoproclamados islámicos utilizan la tortura como anteposición del castigo a la condena

Descripción: Antiguo calabozo en el Palacio Badia (Marrakech). Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga 

El mes de Ramadán es un periodo cargado de profunda espiritualidad en el que conectamos con esa dimensión cosmológica, de proximidad a un estado puro en nexo directo con toda una creación. Unos días, que deberían aproximarnos a una reconciliación con nuestro yo interior, reflexionando sobre nuestro comportamiento ante situaciones extremas y corrigiendo los delirios de nuestro ego. Una etapa para desarrollar nuestra capacidad empática, para solidarizarnos y reclamar la justicia que se emana de las enseñanzas del Islam y en consecuencia de cualquier Estado de derecho. Es en esta fecha, donde nuestras acciones son multiplicadas de manera infinita, donde el reclamo a esa “Pedagogía del oprimido” al que hacía alusión Paulo Freire, cobrará una recompensa mayor.


El azaque obligatorio (zakat) toma su verdadera dimensión espiritual en este periodo, porque ese reparto de la riqueza purifica al corazón de la codicia y permite distribuirse en acciones sociales concretas. Una de las 8 categorías del destino de esta recaudación son las personas presas, aquellas que asumen las consecuencias de unas acciones delictivas y que no por ello pierden su legítimo derecho a ser tratadas con total dignidad, al amparo de una ética justa y humanitaria.


Tal vez la deformación profesional y la experiencia de campo en el terreno penitenciario, me hacen girar la vista a esa otra parte, la del interior de las prisiones, y el trato que reciben las personas que se encuentran privadas de libertad. Especialmente en este periodo reflexivo en el que nos encontramos inmersos millones de musulmanes y musulmanas, dedico un espacio para realizar una denuncia pública y social ante determinadas prácticas contrarias al Islam y a la Convención Internacional de Derechos Humanos ratificada por la mayor parte de los países, también los autodefinidos como islámicos. La tortura sigue siendo una práctica extendida en todo el mundo, a pesar de que históricamente ha venido siendo denunciada.


En el siglo XIV, Jacques de Molnay, Gran Maestre de la Orden del Temple, sostuvo que su confesión en el proceso de Felipe el Hermoso fue realizada mediante la tortura. De igual forma, Juana de Arco negó la validez de su declaración tras habérsela arrancado mediante tormento. Siglos más tarde, Cesare Beccaria atacó en sus ensayos la puesta en práctica de estos suplicios infames. Difícil es borrar de la memoria el abuso de poder de dictadores en Argentina, Chile, Alemania o España que bajo su miserable pericia sometieron a su ciudadanía apresada a un sinfín de prácticas injustificables, de la misma manera que millones de personas hemos alzado la voz para proclamar nuestra evidente repulsa ante las condiciones infrahumanas a las que son sometidas personas presas en Guantánamo o Abu Ghraib.

Pero como decía, también existen Estados que se autoproclaman islámicos que no dudan en tomar el relevo a un trato indigno a los humanos que son apresados y/o condenados a cumplir un castigo penitenciario. Ejemplo de ello lo encontramos en el amplio abanico de experiencias expresadas, relatadas y evidenciadas en lo que ha venido a llamarse como la Primavera árabe. Hace catorce siglos, el Profeta Muhammed (PyB) sentó precedente al ordenar el trato humanitario de los prisioneros. Se encuentran diversos hadices que hacen referencia a la dignidad de los prisioneros y a la prohibición de utilizar la tortura, la violencia o crueldad para obtener una confesión: "Traten bien a los prisioneros" (at-Tabaráni). De igual forma, Omar ibn Al-Jattab afirmó que: “Una persona no es responsable de su confesión si le has provocado dolor, la has asustado o encarcelado [para obtener la confesión]”. Si esto es así ¿cómo es posible que se ponga en práctica? ¿cómo pueden seguir definiéndose como Estados islámicos?

Parece no existir un consenso en cuanto a la definición de la tortura, aunque hay un denominador común al considerarla una de las violaciones más graves de los derechos humanos. La intencionalidad de la tortura no es en sí conseguir información, sino que supone un intento de reprimir la democracia y de esterilizar la base de la dignidad humana. Diversas formas de considerar la tortura, infinitas maneras de practicarla en contextos de espacio/tiempo múltiple que no hacen sino reproducir el mismo sentimiento y secuelas para quienes la han padecido.


Wislawa Szymborska, escritora polaca galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1996, recogió en su poema “Torturas” el reconocimiento a esas víctimas, de ayer y de hoy, del martirio injusto al que han sido sometidas durante su encierro.

Nada ha cambiado.
El cuerpo es doloroso,
debe comer, respirar y dormir,
tiene la piel fina y sangre que aflora,
reservas de uñas y dientes,
huesos que se fracturan, ligamentos que se estiran.
La tortura toma en cuenta todo esto.
Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como tembló
antes y después de la creación de Roma,
en el siglo veinte antes y después de Cristo,
la tortura permanece, sólo la tierra ha retrocedido
y todo sucede como en la habitación de al lado.
Nada ha cambiado.
Simplemente hay más seres humanos,
a las culpas seculares se añaden nuevas culpas
reales, supuestas, momentáneas y nulas,
pero el grito que el cuerpo hace surgir
es siempre un grito de inocencia
según los eternos registros y medidas.
Nada ha cambiado.
Sólo ciertas maneras, ceremonias y danzas,
pero las manos que protegen la cabeza
hacen siempre el mismo movimiento.
El cuerpo se retuerce, se estremece, se debate,
cae en una zancadilla o dobla las rodillas,
se pone lívido, se infla, babea y sangra.
Nada ha cambiado.
Salvo el curso de los ríos,
el lindero de los bosques, riberas, desiertos y glaciares.
A través de estos paisajes erra la pobre alma en pena,
desaparece, vuelve, se aproxima o se aleja,
extraña a ella misma, siempre inaprensible,
a veces segura, a veces dudando de su existencia,
mientras que el cuerpo, él, es, y es, y es,
y realmente no encuentra a dónde ir.
 

Los argumentos de antaño para repudiar la tortura son igualmente válidos para la era contemporánea, ya que se antepone el castigo a la condena, ocasionando sistemáticamente un dolor y sufrimiento que culmina con el colapso físico y psicológico de la víctima. A pesar de que la tortura se ha reprobado y en la mayor parte de los países es un delito no amparado en ley, es un hecho constatable que en la praxis sigue produciéndose bajo el mandato o beneplácito de las autoridades, aunque se traten de extralimitaciones “puntuales” de las fuerzas de seguridad. Pero que sean ocasionales no las convierten en menos punibles y por supuesto menos reales.

Diferentes organizaciones han expresado la importancia de luchar contra la tortura, además de reconocer y apoyar a las víctimas como una parte activa del proceso terapéutico de superación de esta experiencia traumática, tomando como base la resiliencia.

El proceso de tortura comienza desde la misma detención, encuadrada dentro de un trato humillante (empujones, insultos, amenazas...). Introducido en el vehículo a la fuerza (y en ocasiones encapuchado para desorientarlo más) el individuo es custodiado hasta un lugar expresamente preparado para el macabro trato, sin que se registren las garantías procesales básicas: incomunicación durante días sin derecho a un abogado; sin posibilidad de recurso de habeas corpus; sin saber de qué se les acusa; validando las confesiones sometidas bajo tortura que va desde el maltrato físico al psicológico.


Patadas, golpes, roturas de huesos, desgarros musculares, asfixia simulada con bolsas de plástico o en la bañera, aplicación de descargas eléctricas, introducción de objetos en zonas genitales, tocamientos, o violaciones son algunas de las técnicas utilizadas que pueden dejar o no algún tipo de marca. Pero sin duda alguna, la tortura psicológica es tan sutil que la inexistencia de señales aparentes hace prácticamente imposible la denuncia: humillación verbal o física; desorientación física y mental; simulación de torturas a la propia persona detenida o algún compañero/a; simulación y/o amenaza de violación; imposición de posturas incómodas durante horas y mantenerlos sin dormir y toda una amplia variedad de prácticas que produzcan la ruptura de la autoestima y la resistencia moral.

Quienes han padecido la tortura, manifiestan que la sensación es aún peor que la muerte misma. Inicialmente se produce un intento de resistencia despertándose todo tipo de emociones: rabia; ira; desesperación; miedo; impotencia... A medida que las torturas avanzan el dolor físico es intenso perdiendo la noción de espacio/tiempo. Es en ese momento cuando se desea que la muerte invada el cuerpo, se anhela el fin del suplicio y el sufrimiento, cuando el dolor extremo recuerda que aun se sigue vivo.


Las secuelas físicas son evidentes, y el paso del tiempo terminará borrándolas en la mayor parte de los casos, sin embargo las secuelas psíquicas acompañarán el resto de la vida: intentos de suicidio; ataques de miedo, ansiedad, o de terror; depresión; apatía; trastornos varios -del sueño, alimenticios o sexuales-; paranoias; desconfianza; irritabilidad y agresividad, y un sinfín de resultados acordes a los objetivos premeditados de la tortura: violentar la identidad de la víctima; de sus valores y sus convicciones.

Es un imperativo expulsar de nuestros sistemas sociales y políticos una práctica que perpetúa la violación de derechos humanos que subyuga las libertades y la dignidad de la ciudadanía. Necesitamos exigir a nuestros gobiernos que garanticen las bases para autodesignarnos como Estados de derecho reales.

Utilizar la tortura como medida de represión para detener un movimiento, reivindicaciones sociales o políticas, para obtener información, o como una demostración del uso y abuso del poder jerárquico, es inmoral e ilegal.

Si queda demostrado que la tortura es contraria al Islam ¿cómo es posible que permitamos que estos actos crueles sean puestos en práctica, contrariando así, la misericordia, amor y compasión que se emanan de la Sabiduría de Allah? Yo, como musulmana y como ciudadana me rebelo y me resisto, porque nada tienen que ver con mis convicciones y la ética que defiendo, Alhamdulillah.

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